18.3.12
29.2.12
Primer amor
21.2.12
Monasterio
20.1.12
Farmacia
La empleada de la farmacia es joven, no tendrá ni 20 años. Me parece bonita, debe quedarle bien el pelo suelto, por lo menos mejor que el moño que tiene ahora. Me sorprende que todavía haya gente que se ruborice por la palabra condones, y peor alguien que trabaja en una farmacia. Va hacia atrás y no me trae lo que le pedí.
-Aquí no vendemos eso.
Lo que me trae es una vieja con rulos. Aunque viéndola bien de joven seguro que fue hermosísima. De ley que mi viejo la conoce; en este pueblito todos los viejos se conocen. ¿Se la habrá tirado? No, mierda; otra vez soñaré con mi viejo desnudo, no puede haber cosa peor.
-Pero es una farmacia, ¿dónde más quiere que compre condones? ¿En la librería?
Ahora que recuerdo la Marcelita una vez se puso un libro entre las rodillas y me retó a que me la tire sin dejar caer el libro. Creo que era el álgebra de Baldor, aunque hubiese sido más poético si hubiésemos tenido a la mano una edición ilustrada de "La filosofía en el tocador" de Sade. Creo que fue su primera experiencia anal.
-Este es un negocio honrado, ¡hereje!
Bueno, si mi viejo la conoce no ha de ser de la iglesia. ¿Será que esta señora tuvo todos los hijos que diosito quiso darle? Los curas y sus métodos de persuasión, qué le vamos a hacer; como al cura de este pueblito no le gustan las niñas no tiene que estarse preocupando mucho del asunto de los condones.
-Créame señora, tampoco es que a mí me encante la idea de vestirlo a mi compañerito, pero a mi pelada la psicosearon en el colegio y, con el fin de buscar junto a ella un poco de sentido a este mundo cruel e incomprensible, necesito ahoritita una caja de preservativos.
Juraría que a la empleada de la farmacia le brillaron los ojitos, pero la dueña de la farmacia no entiende un carajo. Da un manotazo en el mostrador y con un dedo imperativo me muestra la salida. Salgo. Con lo que llevo en la billetera no me alcanza para un álgebra de Baldor; tocará probar con una de Condorito.
31.12.11
El internet en el tercer mundo
Hoy me levanté temprano, la empleada madrugó a prender la aspiradora, la muy desconsiderada. Y yo que quería estar bien descansada a la hora de matarlo; voy a decirle a mi papi que la despida. Aunque cocina rico. El tigrillo que nos hizo hoy por la mañana me quitó el mal humor. La pistola la compró la Beba, pero ella no quiso involucrarse más. Tuve que inventarme una excusa para que mi mamá me deje salir de la casa antes de almuerzo. Por suerte el abuelito está enfermo y no puede hablar como para decir que no lo fui a visitar. La inútil de la Beba se olvidó de comprar las balas, y me salió que, como es un bebé, el cráneo lo tiene blandito y no costará mucho matarlo a culatazos de pistola. Me tocó explicarle que no quería mucha sangre en el asunto, pero luego me hizo caer en cuenta que con el balazo... esas cosas. No pude rebatirla. Volviendo a casa me encontré con un perrito atropellado, pobrecito, tenía la lengua afuera y una pata toda aplastada. Me miraba con unos ojazos, pero no pude ayudarlo: si me demoraba mucho mi papá me ponía castigo. Después del almuerzo ya le había perdonado todo a la empleada; ¡qué bien cocinan estas longas! A la hora de la siesta fui a la cuna de mi hermanito. Le tapé la nariz con los dedos para que se despierte; cuando empezó a llorar les dije a mis papis que me lo llevaba a mi cuarto para calmarlo y para que ellos sigan descansando. Lo acosté en mi cama y la llamé a la Beba por skype; después de colgarme dos veces aceptó acompañarme a la distancia. Por mala suerte, se cayó la conexión, maldito internet de mierda.
14.12.11
Epílogo
Hombre: Lo sé, pero debe admitir que fue una pregunta bastante cojuda.
E: ¿Quiere hacer usted mi trabajo? La gente se interesa por esas cosas.
H: La gente que se interesa por esas cosas no me interesa. Pero bueno, déjeme ponérselo de otro modo. Todos vamos a morir, ¿verdad? Es casi seguro que en esos últimos minutos no estará usted a mi lado con su cuadernito anotando mis últimas palabras.
E: Podría invitarme.
H: Podría. O podría ahora darle una lista, un top-five a lo Hornby, para que si no llega a tiempo escoja la que mejor le parezca.
E: ¿Y cree que a la gente le interese sus últimas palabras?
H: Eso es lo de menos. Anote. "Don't panic".
E: Esa me suena a plagio, pero no recuerdo de dónde. ¿La segunda?
H: "Digamos que entendieron solo para que no se sientan tan mal".
E: ¿La tercera?
H: "Se acabó el ensayo".
E: Es una referencia a Kundera, ¿verdad? ¿Cuántas vamos?
H: Faltan dos. "En un rato sabré si hay algo más, y no regresaré a contarles".
E: Si tiene desde ahora esa actitud, nadie estará a su lado en los minutos finales.
H: Me imagino que en ese momento importará poco. Vamos terminando. "Mi último error no parece que lo fuera".
E: ¿Su último qué?
24.11.11
Pacientes
"Andrés cuida de Laura mientras está en el hospital; los doctores son optimistas, pero eso no disminuye el dolor por las noches, y los analgésicos son cada vez menos eficientes. Él está ahí para ella, aunque Laura lo insulta constantemente y lo culpa por todo."
Sofía cierra el libro y se estira; tiene hambre y aún no decide si quedarse o salir. Andrés se asoma tímido; Sofía no puede verlo, pero él no lo sabe. Empieza a caminar por el pequeño departamento, enfrentándose a una solidez que hasta ahora solo intuía. Sofía entra al baño y Andrés se queda afuera, mirando la puerta entreabierta con una solidez en la entrepierna, igualmente novedosa.
"La familia de Laura la visita solo al mediodía que es, y ellos lo saben de antemano, cuando ella está de mejor humor. Ni siquiera entonces Andrés se aleja de su amada, aunque da igual, los reproches llegarán de todas maneras. Así le enseñaron a amar."
Sofía se sienta con su bandeja en una de las mesas del patio de comidas y Andrés, hecho el disimulado, se sienta en otra ubicada a tres mesas de distancia. La mira masticar y empieza a salivar, aunque desconoce lo que es el hambre. Antes de terminar su comida, Sofía recibe una llamada, y Andrés aprende lo que es la curiosidad de manera pragmática.
"El doctor de cabecera lleva a Andrés a la central de enfermería: los últimos resultados indican que la situación de Laura no tiene remedio; es cuestión de días. Andrés intuye que no es la primera vez que recibe esta noticia, y se sorprende pensando en un futuro mejor sin Laura, con una idea de la paz metida entre líneas."
Sofía llega a casa de su novio y empieza a desnudarse en la sala. Andrés está acomodado tras la puerta de la cocina, y de golpe entiende el dolor de Laura; le entran ganas de llorar. Cuando empiezan los gemidos decide meterse en el congelador y acurrucarse junto al helado de ron-pasas. Quiere recordar qué significaba la paz, pero el sueño lo vence.
"Andrés recibe las condolencias de familiares y amigos. Después del funeral, se suicida. Todos especulan, pero nadie da con la verdadera motivación del proyecto final de Andrés."
18.11.11
Veterinaria
3.11.11
Dulces
Diana está parada en la mitad de un puente. Se asoma al filo y ve un río estático. Salta del puente pero no cae, así que empieza a caminar por el aire. Alcanza la cima de un nevado y se sienta en un viejo sofá. Por detrás del sofá asoma su abuela materna. A la abuela le falta un brazo, y Diana la abraza y se le ríe porque el abrazo de la abuela es incompleto. La viejita también se ríe, pero al rato le da un ataque de tos que la tumba al piso y empieza a rodar por la ladera, cada vez más rápido. Diana corre detrás, pero no la alcanza. Se detiene junto a un árbol seco. Se baja el pantalón y empieza a orinar.
El calor en la entrepierna la vuelve a despertar. Quiere levantarse, pero tiene dolores distribuidos por diferentes partes de su cuerpo. Haciendo un esfuerzo logra incorporarse un poco. Recién ahí se da cuenta que no está sola en la cama. Tarda un poco en reconocerlo. Es el novio de su prima. Decide que sacará conclusiones luego. Se levanta despacio y empieza a ponerse su vestido rosado, pensando en cómo será cuando cumpla los dieciséis.
27.10.11
Micrófono
25.12.06
Empieza el olvido
18.12.06
Parto
11.12.06
Cumpleañero
El jueves 7 fue el cumpleaños de Tom Waits; antes de la caída de la noche agarré el único disco que tengo de ese man, conseguí dos botellas de whisky barato y mientras la una reposaba en la mochila junto al discman iba tomándome la otra a pico, caminando por calles poco transitadas. A lo que destapaba la segunda botella me dieron unas ganas súper hijueputas de llorar. Tom Waits cumplía 57 años y no tenía ni puta idea de que un país chiquitito un huevón estaba chupando a su salud, y con whisky barato y tibio como dios manda.
El disco me lo encontré como hace dos años en una banca de la universidad, adentro de una mochila abierta. ¿Que quién es Tom Waits? Pues para mí es un tipo que canta con las bolas; nunca antes había escuchado algo parecido, aunque sería honesto decir que se acerca a la musiquita que sale en las películas infantiles cuando lo presentan al villano. Su voz es como lija, pero me hizo mierda desde la primera vez que lo escuché, y no lo puedo dejar; tampoco es que lo haya intentado.
Recuerdo que me senté en la banca de un parque cuando la segunda botella iba por la mitad, y lo siguiente que recuerdo es ir acomodado en el asiento trasero de un Suzuki; una tipa iba manejando y su enamorado (o algo parecido) iba en el asiento del copiloto. Iban conversando entre ellos y a mí no me prestaban mayor atención. A ella la conocía de algún lado, a lo mejor una ex compañera del colegio o una prima lejana, hasta ahora no estoy seguro. ¿Cómo carajo llegué ahí? No tenía ninguna botella a la mano, pero en mi espalda seguía mi mochila; saqué los audífonos y le puse nuevamente play al disquito. Creo que pasamos por la calle donde vive mi ex, pero no me importó mucho. Lo primero que recuerdo haberles dicho es que pararan por una licorería para ir recargando las municiones; el gil ese se rió, y ella me pasó una botella de vino casi entera.
Vino, hace años que no tomaba vino, y no estoy muy seguro de si Tom Waits toma vino o no. La verdad sea dicha no se ni mierda de Tom Waits, ni de dónde mismo es ni cuáles son sus influencias ni si tiene hijos ni si tiene más discos aparte del que me robé. No me importa, todo eso me vale verga. Alcé la botella de vino y un poco se me regó por las comisuras de la boca; estaba buenísimo, no me duró más de cinco minutos. A lo que la tipa paró para que su acompañante se baje a mear me bajé del carro y empecé a caminar en contravía por el filo de la vereda. Creo que me llamó por mi nombre tres veces pero ni siquiera la regresé a ver.
4.12.06
Cachetada
El bolso cae a la acera y el pequeño espejo se rompe; ninguno de los dos escucha el estallido del cristal. Un mechón de cabello resbala sobre el rostro de ella pero sin cubrir ninguno de los ojos; los ojos están ahí, desnudos hasta la impudicia, esos ojos, tan parecidos a otros pero que no son los otros, son solo esos ojos, ahí, fijos en él, en sus ojos. El espejito se ha roto, ya no sirve, ahora podría ser un arma.
Imbécil, tu bolso, como si en tu bolso tuvieras algo que pueda interesarme, como si el perdón se pudiera guardar en un bolso, ¿y me sigues viendo?, necesito un árbol, si tan solo fueras un árbol y pudiera treparme en tus ramas y arrancarte las hojas, arrancarte los ojos, masticarlos, saborearlos, escupírtelos en la corteza, en ese vestidito tan lindo, ensuciarte, me emputa tu pulcritud, ¿para qué tanta limpieza?, perra, por lo menos tus manos ahora, tu mano, ¿por qué te sueltas?, ni siquiera quieres recoger el bolso, ahora tengo miedo, no quiero tenerte miedo, creo que te necesito pero tú no lo sabes, quiero que se apague este calor, como si supiera lo que quiero, como si supiera lo que quieres, quiero saber lo que quieres, ¿por qué tiemblas?, no, eso no, por favor, te detesto maldita, no me veas, golpes no por favor, desaparece, ¿no ves que no puedo ni defenderme?, por lo que más quieras, así al menos cerrarás esos ojos. No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. No quería hacerlo, te juro que no quería hacerlo, no de nuevo, no siento la mejilla, ¿por qué?, quiero tu mano entre las mías de nuevo pero no te das cuenta de nada, mira lo que hago con tu puto bolso, como si me interesara tu bolso, como si pudiera encerrar mis recuerdos en un bolso, pueblito de mierda, no te vayas, ha sido un malentendido, no diré nada, te lo juro, no hay necesidad de hacernos daño, por favor, no te vayas, y de nuevo el hambre, nunca espera, el hambre, pordiosera, ¿y ahora qué?
27.11.06
Pordiosero
El mendigo acaba de llegar a la pequeña ciudad por la mañana, y a estas alturas más le interesan las similitudes entre ciudad y ciudad que sus respectivas diferencias. No le fue difícil adivinar el rumbo que tenía que tomar para ir caminando de la terminal de buses hasta la plaza central, sin tener que preguntar direcciones a nadie. En todo caso una diferencia que no puede dejar de notar ahora que camina por todos lados es que en las ciudades pequeñas, en los pueblitos, más gente regresa a verlo mientras pasa.
Sentado en una banca de la plaza central mira detenidamente un árbol, su corteza, sus hojas temblorosas, sus ramas. Hace mucho plantó un árbol en otra ciudad, en otro país. Quisiera creer que el árbol que tiene ahora al frente es suyo, el que él plantó, su árbol, como si los árboles pudieran tener dueños. Le dan ganas de destrozar ese árbol, hacerlo añicos, quemar las hojas, triturar la madera, mascarla y que su sangre se junte a la savia, escupirlo, bendecirlo, bautizarlo, como si los árboles pudieran tener nombre. Tiene hambre, se dirige a la puerta de la iglesia a probar suerte.
Una señorita joven ha llegado a la iglesia, no tiene más de veintidós años ni más de tres dólares con ella. El mendigo estira la mano, ya ni siquiera siente necesidad de abrir la boca. La joven le espeta un «pordiosero» de la manera más despectiva posible, vira la cara y entra agarrando un poco más fuerte su bolso. Él baja la mano, y por vez primera se da cuenta de la etimología de pordiosero, por-dios-ero, por dios, por el amor de dios, y sonríe, pero en verdad quisiera llorar. Empieza a darle vueltas a la palabrita en su cabeza, ¿por qué dios?, ¿por qué ahora?, ¿por qué ella?, tan bonita ella. Vuelve a la banca de la plaza central y espera a que salga. Minutos después sale. La sigue con disimulo, recién a las cinco cuadras ella se da cuenta de que la sigue, de que él la sigue, y se para en medio de la acera. El bolso cuelga tranquilo de su hombro.
20.11.06
Fiebre
Cuando era más joven terminaba detestando los discos que escuchaba mientras estaba enfermo, principalmente de gripe que ha sido mi mal crónico. Si los volvía a escuchar pasados los síntomas, regresaba a mí un eco de aquel malestar que me había estado jodiendo hace poco. Incluso recuerdo que terminé regalando el W.F.O. de Overkill (de una etapa bastante metalera) porque simplemente no podía soportar escucharlo más, y ahora a lo lejos recuerdo la introducción de Bastard nation con un dejo de nostalgia que no hace tanto daño.
Este fin de semana la fiebre llegó a un tope de 40, y en el mini-componente daban vuelta, en orden: Calamaro, los Zeppelin, los Stones, Dylan y Marianne Faithfull, y parece que he aprendido a disociar el malestar con la banda sonora de la enfermedad. Todos los discos nuevecitos, hallazgos del último viaje a la capital; ese viaje a la capital.
Me gustaría decir que a media noche me despertó el ruido de un aleteo y encontré un árbol totalmente negro, tanto el tronco como las ramas y las hojas, erguido al pie de mi cama; y que sentados encima del árbol estaban Jonás y Bukowski tomando de una misma botella, callados, mirándome, como esperando que sea yo quien rompa el silencio, afiebrados también ellos (más a la vista que al tacto), meciéndose sobre las ramas y metiéndose hojas en la boca para escupirlas luego. Pero en realidad no pasó nada de eso; ni siquiera en sueños. Tengo que averiguar cómo lo lograba Blake.
6.11.06
Pedales
Serían como ocho años que no me había subido a una bicicleta, pero es cierto eso que uno nunca se olvida. A mi hermano el menor y a su noviecita se les ocurrió ir hasta el zoológico y me retaron a una carrerita; acepté admitiendo la derrota por adelantado. Igual no tenía nada que hacer en casa.
Iba pedaleando más bien lento, los auriculares puestos, un disco de Blind Melon en el discman, el caos usual en la cabeza pero no por eso despistado de la calle y los carros. Salimos de casa a las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. No se con exactitud a qué hora fue el accidente, pero ahora (siempre es ahora, y ahora lo tengo más claro que nunca) eso no importa en lo absoluto. El carro era de un azul más bien oscuro y mi muerte fue instantánea.
Lo primero que noté fue la ausencia de sonido, que no era silencio propiamente dicho; era como si las funciones del tímpano hubiesen sido transferidas a la piel, solo que ya no había piel, y eso fue lo segundo que noté. Lo veía todo al mismo tiempo, en todas direcciones y con colores que en vida no había conocido. Fue algo hermoso, no puedo negarlo; aunque a decir verdad a partir de ese momento todo ha sido hermoso, hasta las transformaciones.
Me vi tumbado en el pavimento; la única sangre a la vista era la de unos raspones en los codos. Vi a la mujer del carro azul que sin soltar el volante lloraba. Vi al tipo que se bajó de un taxi a darme respiración boca a boca y que discretamente me manoseaba. Vi a la viejita que llamaba a su hijo al celular para que este llame a una ambulancia desde su oficina. Vi a mi hermano el menor con su noviecita llegando al zoológico sin enterarse de nada respecto al accidente. Vi el pedal que se había zafado de la bicicleta y había ido a parar junto a una alcantarilla.
30.10.06
Confesionario
Dicen que la vieron entrar a la iglesia, y hasta ahí nomás coinciden. Unos claman que asentó la rodilla derecha para persignarse y que la corta faldita que llevaba... negra, por supuesto; el resto dice que ni siquiera detuvo sus pasos y así rapidito llevó su mano a la frente etcétera. Parece que luego se dirigió cabizbaja al confesionario, no sabemos; a lo mejor y el arcángel Gabriel allá arriba y ella desde abajo, pero ni cómo confirmarlo. El grito igual; unos dicen que ella, otros que el padrecito, los de por allá que qué grito. Y esta puta mancha de sangre (perdón, diosito) que no quiere salir; lo otro si he de decir la verdad me importa poco.
23.10.06
Puertas numeradas
Mayrita es la odontóloga del colegio de mi hija, mi amante desde hace dos meses y una puta en potencia. No se malentienda por favor, no es que me quiera cobrar cada vez que tiramos. Fue la noche que por primera vez me hizo un striptease, encima de la cama del motel de turno, que me contó su escondida fantasía. Aún nos quedaba casi una hora de las tres reglamentarias en la habitación; estábamos acostados, desnudos, compartiendo los cigarrillos.
«Tú sabes, uno escucha desde temprano la palabra puta, hijueputa y todas esas huevadas, pero recién cuando cumplí los nueve entendí qué mismo es que era una puta. Claro, al principio igual no tenía claro por qué es que les pagaban a esas manes, pero no podía sacarme de la cabeza la palabrita esa. Creo que fue a los doce o trece que una tía que vino de visita me preguntó la típica qué-quieres-ser-cuando-seas-grande, y yo sin pensarlo mucho le solté de una que de grande quería ser puta. Por suerte estábamos solas y ella se portó frescaza, me abrazó y me dijo tontita nomás. ¿Sabes? Ella misma es odontóloga, y a lo mejor por ese lado, no se. Igual, al otro día salí a pasear con ella y su novio, y ella le pidió que nos lleve a un prostíbulo; el man se quedó frío y yo me puse nerviosaza, pero ahí no se qué huevada medio le explicó y él dijo que bueno. Llegamos a uno de esos de mala muerte y el man entró primero; salió al rato y dijo que había hablado con el encargado y que fresco nomás, que sí podíamos entrar nosotras. Así que bueno, entramos y nos sentamos en una mesa, y ahí estaban ellas, paradas en sus respectivas puertas, semidesnudas, ¿me vas a decir ahora que nunca te has ido de putas? Ya, fresco. Mi tía y el novio se pidieron una cerveza y al rato llamaron a una de esas manes, que vino y se sentó al lado mío. Dijo que se llamaba Nicole, aunque de ley era el nombre artístico, no sé. Y para qué, la man se portó frescaza con nosotros, pero igual no quiso el vaso de cerveza que mi tía le ofreció. Nos dijo que tenía 21 años y que era de la costa, y que como la mayoría de sus colegas había sido madre soltera; tenía una nena de dos años, Shirley le había puesto, y que el papá había sido un compañero de ella en el colegio. Claro, el man se barajó ni bien se enteró de que
16.10.06
Pornópera
El alcalde sonríe nervioso en su palco. No termina de entender cómo fue que se dejó convencer para involucrar al municipio en la promoción y apoyo de este esperpento, porque ¿de qué otra manera se podría llamar a un estúpido híbrido de ópera y pornografía? Su esposa sonríe a su lado, pero su sonrisa es honesta; de hecho fue ella quien puso en contacto a su bienamado con los productores de la obra. El telón aún no sube y la gente aplaude en un intento de acelerar el comienzo. Público de lo más variado nos acompaña esta noche, desde las habituales sonrisas de las páginas sociales hasta los aspirantes a artistas que pululan por los bares "alternativos" de la ciudad. El alcalde, en su inquietud, mira el reloj más de cinco veces por minuto.
El telón se levanta dieciocho minutos después de la hora fijada en el programa. Un escenario sencillo: el decorado de una habitación, cama, ropero, tres sillas, velador con lámpara y libro de cabecera (una edición de Justine en japonés, pero esto el público no lo puede apreciar), y una alfombra cuadrada con los colores de la bandera del país en el centro. Una pareja de actores-cantantes en el escenario: el actor, bajo barítono, bordea los cuarenta años; la actriz, soprano lírica, menor de treinta. Al levantarse el telón ella está sentada en el costado derecho de la cama, llorando quedito, mientras a sus espaldas el actor nos empieza a explicar con su vozarrón su peculiar situación.
El guionista está en su respectivo palco, repartiendo su atención entre la puesta en escena y el palco del señor alcalde. Le divierte ver la incomodidad del burgomaestre y fantasea al observar la serena sonrisa de la hermosa dama que brilla a su lado. Por un capricho que ni él mismo se pudo explicar convincentemente no asistió a ninguno de los ensayos previos al estreno; tan sólo se entrevistaba una o dos veces por semana con el director escénico para discutir las modificaciones de los diálogos y los detalles de la musicalización. En realidad el guionista no sabía nada de ópera aparte de la que veía de niño en los dibujos animados de Bugs Bunny y compañía. Fue en una visita a la capital que pudo asistir a la presentación gratuita de una opereta en un parque céntrico, iniciativa de uno de los más grandes teatros del país para acercar un espectáculo tildado de elitista a la gente poco familiarizada con tales puestas escénicas.
9.10.06
Cajón
Cerró el cajón de inmediato y se quedó ahí sentado en el borde de la cama, con la respiración agitada y las manos temblorosas.
Fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoooo...
No era una voz precisamente; el sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, no lo había escuchado nunca antes, y mientras más se esforzaba en compararlo con algo inteligible más crecía la confusión, y la erección, porque en los pocos segundos que el cajón permaneció abierto sintió que una considerable cantidad de sangre fluyó hacia su pene, y dolía. El sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, cesó cuando cerró el cajón.
En el velador hay tres cajones, y el que nos interesa ahora es el segundo. En dicho cajón tenemos: un espejo, una piedra comprada en una tienda de chinos que se supone venir del que fue el muro de Berlín, un diccionario inglés-español y no viceversa, un destornillador, tres encendedores de los cuales sólo uno vale, un muñeco de Buzz Lightyear de una cajita feliz, una foto de una vagina depilada y un esfero rojo.
Mientras la erección iba disminuyendo estuvo tentado de abrir los otros dos cajones, no por buscar algo en ellos, pero tuvo miedo. ¿Estaré soñando? Pregunta estúpida donde las haya. ¿Y ahora? A lavarse la cara, ¿qué más puedo hacer? Estaba abriendo la puerta del baño cuando sonó el timbre, y no pudo reprimir el grito leve y la taquicardia desbocada.
En la puerta encontró a una señora algo mayor, con una larga falda negra y una blusa marrón, sin canas. Vendedora de cosméticos. Quiso contarle todo, hacerla su confidente, pero no halló las palabras. Pensará que estoy loco, seguro. Le compró una crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga, y de repente empezó a imaginar que la respuesta estaba en ese tarrito, que lo abriría y no encontraría crema para las manos, sino otra cosa, cualquier otra cosa. La señora sonreía, apacible, casi hermosa, casi.
Cerró la puerta, la mano derecha se negaba a soltar el pomo, la mano izquierda apretaba el tarrito de la crema con más fuerza que la necesaria. Quiso abrir la puerta, seguir a la señora, ayudarle a cargar la bolsa de cosméticos, cualquier cosa, no volver a entrar a la habitación, a la habitación, al cajón, el cajón, ese cajón que una vez más tenía al frente suyo. Nuevamente estaba sentado en el borde de la cama, pero ahora su mano izquierda sostenía un tarrito, chiquito, de crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga.
2.10.06
Fotografía
La foto llegó a manos de Flora once meses después de haber sido tomada, y de alguna manera que no se pudo explicar transformó el dolor que llevaba dentro en otra cosa más flexible y apacible. Fue Maximiliana quien vio la foto en una repisita fuera de un estudio fotográfico del centro, pagó por ella y se la llevó a su amiga. En la foto Flora está sentada en un banquito, la pierna izquierda encima de la otra, las manos cruzadas sobre su regazo, la espalda erguida y una hermosa sonrisa en sus labios; parado detrás de ella sonríe Agustito, su hijo. Ahora la foto se exhibe en la mesita de adornos que está a la derecha del sofá en el que Agustito se pegó un tiro en la sien, justo el día después de haberse tomado la foto.
Mientras la señora Vélez salía de casa de Flora luego de una visita de lunes iba pensando en la foto, en la alegría del hijo perdido que apoyaba sus manos en los hombros de su madre, en lo bien que se lo veía a Agustito, casi un año ya, pobrecita Flora, pero ya no tan triste como hace sólo unos día, qué raro.
Mientras la señora Bastidas salía de casa de Flora luego de una visita de miércoles iba pensando en la foto, en la ternura del hijo perdido que abrazaba a su madre por la espalda, aunque la señora Bastidas recordaba a Agustito un poco más joven y sin barba por aquellos días que antecedieron al “accidente”, qué raro.
Mientras la señora Obando salía de casa de Flora luego de una visita de viernes iba pensando en la foto, en la desfachatez de Flora de poner en la sala un retrato de ella con un hombre mayor muy parecido al pobre de Agustito, y si como eso fuera poco en la foto el tipo ponía descaradamente sus manos sobre los senos de Flora, y tan decente que se la veía, qué raro.
25.9.06
Publicidad apática # 21
Este jueves 21, a las 21h00 (hora de Ecuador), un especial de música de películas: Grand Cafe, en Radio04. Está bien que vaya sin tilde. Gracias por la atención prestada.
EL DESPUÉS
El programa se grabó. El programa salió al aire. El programa está colgado en la web hasta el fin de los tiempos, o algo por el estilo. Es cierto que hay unas partes que no se entiende bien qué mismo es que se habla, así que a continuación se enumera la lista de canciones aparecidas indicando
D: Francis Ford Coppola
C: La cabalgata de las valquirias
I: Wagner
D: Bernardo Bertolucci
C: Glory box
I: Portishead
D: David Fincher
C: Where is my mind?
I: Pixies
D: Jim Sharman
C: Sweet transvestite
I: Tim Curry
D: Quentin Tarantino
C: Little green bag
I: The George Baker selection
D: Nanni Moretti
C: By this river
I: Brian Eno
D:
C: Singing in the rain
I: Gene Kelly
D: Spike Jonze
C: Amphibian
I: Björk
D: Alejandro González Iñárritu
C: Lucha de gigantes
I: Nacha Pop
D: Juanma Bajo Ulloa
C: Soy rebelde
I: Albert Pla
D: Richard Linklater
C: Immigrant song
I: Led Zeppelin
D: David Lynch
C: In dreams
I: Roy Orbison
D: William Friedkin
C: Tubular bells
I: Mike Oldfield
D: Mark Dindal
C: It’s the end of the world as we know it
I: R. E. M.
D: Danny Boyle
C: Sing
I: Blur
D: Patrice Chéreau
C: Sleep
I: Marianne Faithful
D: Quentin Tarantino
C: Girl, you’ll be a woman soon
I: Urge overkill
D: Spike Jonze
C: Happy together
I: The Turtles
D: Mark Dindal
C: It’s the end of the world as we know it
I: R. E. M.
D: Oliver Stone
C: O fortuna
I: Carl Orff
D: Francis Ford Coppola
C: The end
I: The Doors
D: Paul Thomas Anderson
C: Save me
I: Aimee Mann
D: Bernardo Bertolucci
C: Hey Joe
I: Michael Pitt
D: Baz Luhrmann
C: Exit music (for a film)
I: Radiohead
Y, como última recomendación (ya que nos embalamos con esto de los links), en esta página encontrarán versiones de Fight club, The exorcist, Pulp fiction, Reservoir dogs y The Rocky Horror picture show (entre otras películas no incluídas en el especial este de bandas sonoras) actuadas por conejos en treinta segundos. Disfrutad.
