18.3.12

Cenizas

La Señora Coneja camina nerviosa, excitada, con la mirada perdida. El Señor Gato la espera en su casa, como todos los jueves de los últimos cuatro meses. Al llegar, la Señora Coneja empieza por lavar los platos, luego los baños, de ahí las habitaciones, el ático, la sala, el comedor, deseando llegar al patio lo más pronto posible. El Señor Gato, después de abrirle la puerta, fue a esperarla en el patio, desenrollando una madeja de lana azul. Mientras limpia la mesa del comedor, involuntariamente la Señora Coneja golpea una urna dorada que se rompe con un ruido ahogado por la alfombra. La urna contiene las cenizas de la antigua sirvienta del Señor Gato, una tal Señora Canaria. La Señora Coneja se arrodilla y empieza a esparcir las cenizas sobre su cuerpo. Sale al patio. El Señor Gato la mira y no necesita preguntar nada para entender qué ha pasado. Recuerda la primera vez que la Señora Canaria le practicó una felación con ese pico que resultó no ser tan duro como parecía. Se acerca a la Señora Coneja, le cubre los ojos con varias vueltas de lana azul y mete su pene en la boca de su nueva sirvienta. Es la primera vez que lo hace; siempre temió esos dientes. Aproximadamente seis segundos después de eyacular siente la mordida. El dolor aumenta el placer. Mira a la Señora Coneja que, con los ojos aún vendados, mastica con delicia su golosina. Se le echa encima y la besa con fuerza. El Señor Gato siente el sabor de la sangre y el semen mezclados con la saliva. Lame las patas de la Señora Coneja que aún tienen algo de la ceniza de la Señora Canaria. Empieza a sonar el teléfono de la casa, pero lo ignoran. El Señor Conejo, al otro lado de la línea, cuelga y llama al Señor Jirafa. Tiene boletos para el teatro y no quiere ir solo.

29.2.12

Primer amor

Se conocieron de niños. Él 7, ella 9. Él competía secretamente con sus hermanos por estar el mayor tiempo posible con ella. Jugó con muñecas, cosa que sus hermanos no se atrevieron. La veía una vez al año, cuando ella venía con su familia de vacaciones. Él nunca se pensó enamorado, o por lo menos nunca usó esa palabra. Eso duró siete años. Al siguiente año ya no llegaron. De todos modos él tenía otras cosas de qué preocuparse. La tan mentada adolescencia. La volvió a ver después de catorce años. Se la encontró en una discoteca. No la reconoció de inmediato. Era simplemente una chica guapísima que tomaba una cerveza junto a la barra. La invitó a bailar. Le ofreció un trago de su botella. Drogada, la sacó de la discoteca. La llevó a su cuarto. Aún vivía con sus padres. La acostó en la cama. Empezó a desvestirla. Mientras le sacaba el pantalón, ella vomitó. Entonces la reconoció. Recordó las muñecas. Abrió la ventana para que entre el aire. Afuera estaba todo tan silencioso. Tan silencioso.

21.2.12

Monasterio

Nina golpea la puerta. No llueve, pero siente el mismo agobio de la empapadez. Es un monasterio grande y la monja que se acerca a abrirle la puerta se tarda 67 segundos en hacerlo. Poco más de un minuto. En ese tiempo Nina piensa en las cosas que la llevaron a pararse frente a esa puerta. No hay un hilo que las una, ni siquiera llega a laberinto. Golpea la puerta una sola vez, no insiste. Todo lo que se aglutina en su mente son meros bosquejos de historias que se le antojan incompletas, aún cuando la mayoría -pero esto ella no lo sabe- terminaron hace rato. El monasterio es una suerte de placebo. No busca la paz, eso lo tiene claro. Tampoco está resignada. Con esas certezas le basta. Se abre la puerta y Nina dispara.

20.1.12

Farmacia

-Buenos días señorita. Deme por favor una caja de condones.

La empleada de la farmacia es joven, no tendrá ni 20 años. Me parece bonita, debe quedarle bien el pelo suelto, por lo menos mejor que el moño que tiene ahora. Me sorprende que todavía haya gente que se ruborice por la palabra condones, y peor alguien que trabaja en una farmacia. Va hacia atrás y no me trae lo que le pedí.

-Aquí no vendemos eso.

Lo que me trae es una vieja con rulos. Aunque viéndola bien de joven seguro que fue hermosísima. De ley que mi viejo la conoce; en este pueblito todos los viejos se conocen. ¿Se la habrá tirado? No, mierda; otra vez soñaré con mi viejo desnudo, no puede haber cosa peor.

-Pero es una farmacia, ¿dónde más quiere que compre condones? ¿En la librería?

Ahora que recuerdo la Marcelita una vez se puso un libro entre las rodillas y me retó a que me la tire sin dejar caer el libro. Creo que era el álgebra de Baldor, aunque hubiese sido más poético si hubiésemos tenido a la mano una edición ilustrada de "La filosofía en el tocador" de Sade. Creo que fue su primera experiencia anal.

-Este es un negocio honrado, ¡hereje!

Bueno, si mi viejo la conoce no ha de ser de la iglesia. ¿Será que esta señora tuvo todos los hijos que diosito quiso darle? Los curas y sus métodos de persuasión, qué le vamos a hacer; como al cura de este pueblito no le gustan las niñas no tiene que estarse preocupando mucho del asunto de los condones.

-Créame señora, tampoco es que a mí me encante la idea de vestirlo a mi compañerito, pero a mi pelada la psicosearon en el colegio y, con el fin de buscar junto a ella un poco de sentido a este mundo cruel e incomprensible, necesito ahoritita una caja de preservativos.

Juraría que a la empleada de la farmacia le brillaron los ojitos, pero la dueña de la farmacia no entiende un carajo. Da un manotazo en el mostrador y con un dedo imperativo me muestra la salida. Salgo. Con lo que llevo en la billetera no me alcanza para un álgebra de Baldor; tocará probar con una de Condorito.

31.12.11

El internet en el tercer mundo

Querido diario:

Hoy me levanté temprano, la empleada madrugó a prender la aspiradora, la muy desconsiderada. Y yo que quería estar bien descansada a la hora de matarlo; voy a decirle a mi papi que la despida. Aunque cocina rico. El tigrillo que nos hizo hoy por la mañana me quitó el mal humor. La pistola la compró la Beba, pero ella no quiso involucrarse más. Tuve que inventarme una excusa para que mi mamá me deje salir de la casa antes de almuerzo. Por suerte el abuelito está enfermo y no puede hablar como para decir que no lo fui a visitar. La inútil de la Beba se olvidó de comprar las balas, y me salió que, como es un bebé, el cráneo lo tiene blandito y no costará mucho matarlo a culatazos de pistola. Me tocó explicarle que no quería mucha sangre en el asunto, pero luego me hizo caer en cuenta que con el balazo... esas cosas. No pude rebatirla. Volviendo a casa me encontré con un perrito atropellado, pobrecito, tenía la lengua afuera y una pata toda aplastada. Me miraba con unos ojazos, pero no pude ayudarlo: si me demoraba mucho mi papá me ponía castigo. Después del almuerzo ya le había perdonado todo a la empleada; ¡qué bien cocinan estas longas! A la hora de la siesta fui a la cuna de mi hermanito. Le tapé la nariz con los dedos para que se despierte; cuando empezó a llorar les dije a mis papis que me lo llevaba a mi cuarto para calmarlo y para que ellos sigan descansando. Lo acosté en mi cama y la llamé a la Beba por skype; después de colgarme dos veces aceptó acompañarme a la distancia. Por mala suerte, se cayó la conexión, maldito internet de mierda.

14.12.11

Epílogo

Entrevistador: No me refería a eso.

Hombre: Lo sé, pero debe admitir que fue una pregunta bastante cojuda.

E: ¿Quiere hacer usted mi trabajo? La gente se interesa por esas cosas.

H: La gente que se interesa por esas cosas no me interesa. Pero bueno, déjeme ponérselo de otro modo. Todos vamos a morir, ¿verdad? Es casi seguro que en esos últimos minutos no estará usted a mi lado con su cuadernito anotando mis últimas palabras.

E: Podría invitarme.

H: Podría. O podría ahora darle una lista, un top-five a lo Hornby, para que si no llega a tiempo escoja la que mejor le parezca.

E: ¿Y cree que a la gente le interese sus últimas palabras?

H: Eso es lo de menos. Anote. "Don't panic".

E: Esa me suena a plagio, pero no recuerdo de dónde. ¿La segunda?

H: "Digamos que entendieron solo para que no se sientan tan mal".

E: ¿La tercera?

H: "Se acabó el ensayo".

E: Es una referencia a Kundera, ¿verdad? ¿Cuántas vamos?

H: Faltan dos. "En un rato sabré si hay algo más, y no regresaré a contarles".

E: Si tiene desde ahora esa actitud, nadie estará a su lado en los minutos finales.

H: Me imagino que en ese momento importará poco. Vamos terminando. "Mi último error no parece que lo fuera".

E: ¿Su último qué?

24.11.11

Pacientes

"Andrés cuida de Laura mientras está en el hospital; los doctores son optimistas, pero eso no disminuye el dolor por las noches, y los analgésicos son cada vez menos eficientes. Él está ahí para ella, aunque Laura lo insulta constantemente y lo culpa por todo."

Sofía cierra el libro y se estira; tiene hambre y aún no decide si quedarse o salir. Andrés se asoma tímido; Sofía no puede verlo, pero él no lo sabe. Empieza a caminar por el pequeño departamento, enfrentándose a una solidez que hasta ahora solo intuía. Sofía entra al baño y Andrés se queda afuera, mirando la puerta entreabierta con una solidez en la entrepierna, igualmente novedosa.

"La familia de Laura la visita solo al mediodía que es, y ellos lo saben de antemano, cuando ella está de mejor humor. Ni siquiera entonces Andrés se aleja de su amada, aunque da igual, los reproches llegarán de todas maneras. Así le enseñaron a amar."

Sofía se sienta con su bandeja en una de las mesas del patio de comidas y Andrés, hecho el disimulado, se sienta en otra ubicada a tres mesas de distancia. La mira masticar y empieza a salivar, aunque desconoce lo que es el hambre. Antes de terminar su comida, Sofía recibe una llamada, y Andrés aprende lo que es la curiosidad de manera pragmática.

"El doctor de cabecera lleva a Andrés a la central de enfermería: los últimos resultados indican que la situación de Laura no tiene remedio; es cuestión de días. Andrés intuye que no es la primera vez que recibe esta noticia, y se sorprende pensando en un futuro mejor sin Laura, con una idea de la paz metida entre líneas."

Sofía llega a casa de su novio y empieza a desnudarse en la sala. Andrés está acomodado tras la puerta de la cocina, y de golpe entiende el dolor de Laura; le entran ganas de llorar. Cuando empiezan los gemidos decide meterse en el congelador y acurrucarse junto al helado de ron-pasas. Quiere recordar qué significaba la paz, pero el sueño lo vence.

"Andrés recibe las condolencias de familiares y amigos. Después del funeral, se suicida. Todos especulan, pero nadie da con la verdadera motivación del proyecto final de Andrés."

18.11.11

Veterinaria

Alicia manejaba hacia la guardería en busca de Carlitos cuando atropelló a Karla. La perra estaba escapando de su dueño, un ciego cascarrabias; podría argumentarse que no soportaba el maltrato de su dueño, pero quiénes somos nosotros para hablar por ella. Alicia paró, subió a la perra en el asiento del copiloto y siguió hacia la guardería. Tenía el nombre y la dirección de la perra en un collar, y decidió hacerla chequear antes de buscar a sus dueños. Carlitos había peleado ese día con su "novia" y estaba de mal humor. Camino a la veterinaria Carlitos abrió la ventanilla de su lado y tiró a la perra. Alicia no se detuvo. Recordó todas las veces que, durante su embarazo, quiso abortar. Llegó a la casa del ciego. Dejó a Carlitos en la puerta, timbró, y se fue.

3.11.11

Dulces

Diana despierta despacio. Cuarta borrachera, y aún no termina la semana. Habitación desconocida nuevamente. Se asoma al filo de la cama y vomita. Ve su vestido en el piso, roto y ahora más sucio de lo que ya estaba. Se limpia la boca con la sábana. Se vuelve a dormir.

Diana está parada en la mitad de un puente. Se asoma al filo y ve un río estático. Salta del puente pero no cae, así que empieza a caminar por el aire. Alcanza la cima de un nevado y se sienta en un viejo sofá. Por detrás del sofá asoma su abuela materna. A la abuela le falta un brazo, y Diana la abraza y se le ríe porque el abrazo de la abuela es incompleto. La viejita también se ríe, pero al rato le da un ataque de tos que la tumba al piso y empieza a rodar por la ladera, cada vez más rápido. Diana corre detrás, pero no la alcanza. Se detiene junto a un árbol seco. Se baja el pantalón y empieza a orinar.

El calor en la entrepierna la vuelve a despertar. Quiere levantarse, pero tiene dolores distribuidos por diferentes partes de su cuerpo. Haciendo un esfuerzo logra incorporarse un poco. Recién ahí se da cuenta que no está sola en la cama. Tarda un poco en reconocerlo. Es el novio de su prima. Decide que sacará conclusiones luego. Se levanta despacio y empieza a ponerse su vestido rosado, pensando en cómo será cuando cumpla los dieciséis.

27.10.11

Micrófono

Llega a la cabina y empieza a encender los equipos. Su programa hace rato dejó de tener interés alguno, tanto para él como para quienes lo escuchaban. Igual enciende los equipos. Falta casi media hora para empezar. Abre la carpeta de canciones-del-recuerdo. Recuerda llenar su botella de agua en el grifo del baño. "El pasado siempre fue mejor". No, necesita otra frase para empezar su programa. En el baño está la caja de breakers. La abre. Posa su índice derecho sobre uno de ellos; el más importante. Las ganas de apagarlo todo, de golpe. No es una sensación nueva. Ser cobarde tampoco es nuevo. Cierra la caja. Escucha la música de introducción a su programa. No se dio cuenta que pasó tan rápido el tiempo. Sale del baño con su botella en la mano. Se sienta. Abre el micrófono. Dios está al aire.

25.12.06

Empieza el olvido

Y es más o menos como nacer, la abolición del útero y todo eso: empieza el olvido. Se hace la luz y todo se vuelve confuso. Los ruidos, los ruidos, los ruidos, voces que me llaman y no puedo entender. La mayor parte del tiempo me la paso mirando el techo, y claro, no falta el chistoso que se interpone en el medio, como si su cara fuera algo interesante. Me mecen, siento el vaivén, la incertidumbre, la ausencia de la paz, el contacto con los otros. Todo es nuevo e inodoro. Madre, tengo miedo, tengo frío: abrázame.

18.12.06

Parto

Jorge Rolando dio a luz un martes minutos antes de las 6 de la mañana; fue una hermosa nenita a la que pusieron por nombre Adela Carolina, en honor a sus abuelas tanto paterna como materna. Christina estuvo con su esposo durante el parto, y al ver el vientre abierto de su amado sintió una mezcla de asco y ternura infinita; se prometió no llorar y no lloró; se limitó a apretar la mano de Jorge Rolando durante toda la intervención. Minutos más tarde se encontró en el pasillo con sus suegros mientras a la nena unas enfermeras la limpiaban y esas cosas. La verdad es que ella nunca se llevó muy bien que digamos con sus suegros; una hostilidad silenciosa como con espinas se tendía entre ellos, y cada cruce de palabras dejaba raspones en Christina; nada grave, pero igual jodía. Deseó que su padre estuviera ahí con ella y no en viaje de negocios, los putos viajes de negocios siempre inoportunos; pero bueno, ya estaba grandecita y a punta de una cordialidad cortante había aprendido a convivir con sus suegritos. La abrazaron y la felicitaron, no podría ser de otra manera; era una nueva mamá y esas cosas no pasan todos los días. Le preguntaron si su Jorgito había sufrido mucho durante el parto y ella sin pensárselo mucho les dijo que lo normal, que habrá que esperar hasta que se desentumezca de la anestesia para preguntarle a él mismo qué sintió mientras daba a luz. El padre de Jorgito enarcó las cejas a la vieja usanza y trató a las dos mujeres de insensibles, claro, como ellas no son las que tienen que cargar con la criatura adentro todo el embarazo, argumentos trillados donde los haya. ¿Y si los mato?, pensó Christina. Ella misma nunca conoció a ninguno de sus abuelos y no le hicieron falta en absoluto; la pequeña Adela Carolina se quedaría con un solo abuelo, más que suficiente; incluso el dinerito extra de la herencia no les caería nada mal. El único problema a la larga sería su propio cargo de conciencia, pero una amiga suya siempre estaba alabando a su psicólogo de confianza, así que soluciones habían; si no esa, otras. No era tan difícil tampoco el asunto: escondería un oso panda en el baño de sus suegros y luego ella misma se encargaría de atascar la puerta de la habitación para que no puedan escapar; ¿quién iba a sospechar de ella? Los miró con lástima, viejos patéticos. Sirvió tres copas de vino y juntos brindaron por la bendición encarnada en el pequeñito cuerpo de Adela Carolina. Jorge Rolando despertó una hora después con ganas de vomitar y pidió ver a la niña, aunque algo dentro de él repudiaba la idea del lazo que ahora lo unía a su hija; cuando la tuvo entre sus brazos empezó a llorar como un niño pequeño.

11.12.06

Cumpleañero

El jueves 7 fue el cumpleaños de Tom Waits; antes de la caída de la noche agarré el único disco que tengo de ese man, conseguí dos botellas de whisky barato y mientras la una reposaba en la mochila junto al discman iba tomándome la otra a pico, caminando por calles poco transitadas. A lo que destapaba la segunda botella me dieron unas ganas súper hijueputas de llorar. Tom Waits cumplía 57 años y no tenía ni puta idea de que un país chiquitito un huevón estaba chupando a su salud, y con whisky barato y tibio como dios manda.

El disco me lo encontré como hace dos años en una banca de la universidad, adentro de una mochila abierta. ¿Que quién es Tom Waits? Pues para mí es un tipo que canta con las bolas; nunca antes había escuchado algo parecido, aunque sería honesto decir que se acerca a la musiquita que sale en las películas infantiles cuando lo presentan al villano. Su voz es como lija, pero me hizo mierda desde la primera vez que lo escuché, y no lo puedo dejar; tampoco es que lo haya intentado.

Recuerdo que me senté en la banca de un parque cuando la segunda botella iba por la mitad, y lo siguiente que recuerdo es ir acomodado en el asiento trasero de un Suzuki; una tipa iba manejando y su enamorado (o algo parecido) iba en el asiento del copiloto. Iban conversando entre ellos y a mí no me prestaban mayor atención. A ella la conocía de algún lado, a lo mejor una ex compañera del colegio o una prima lejana, hasta ahora no estoy seguro. ¿Cómo carajo llegué ahí? No tenía ninguna botella a la mano, pero en mi espalda seguía mi mochila; saqué los audífonos y le puse nuevamente play al disquito. Creo que pasamos por la calle donde vive mi ex, pero no me importó mucho. Lo primero que recuerdo haberles dicho es que pararan por una licorería para ir recargando las municiones; el gil ese se rió, y ella me pasó una botella de vino casi entera.

Vino, hace años que no tomaba vino, y no estoy muy seguro de si Tom Waits toma vino o no. La verdad sea dicha no se ni mierda de Tom Waits, ni de dónde mismo es ni cuáles son sus influencias ni si tiene hijos ni si tiene más discos aparte del que me robé. No me importa, todo eso me vale verga. Alcé la botella de vino y un poco se me regó por las comisuras de la boca; estaba buenísimo, no me duró más de cinco minutos. A lo que la tipa paró para que su acompañante se baje a mear me bajé del carro y empecé a caminar en contravía por el filo de la vereda. Creo que me llamó por mi nombre tres veces pero ni siquiera la regresé a ver.

En verdad ni estoy seguro de que el jueves haya sido el cumpleaños de Tom Waits; solo sé que una semana antes el tipo se me apareció en sueños y me lo dijo mientras se comía las moscas que revoloteaban a nuestro alrededor. A lo mejor las moscas expliquen la aspereza de su voz, pero tampoco es que necesite explicaciones. Volví a casa cuando las primeras luces del viernes volvían reconocibles los colores de las paredes. Dormí hasta la noche.

4.12.06

Cachetada

Ya estás aquí, me has perseguido desde la iglesia y al fin me alcanzaste, y yo que bien podría correr, pero ¿para qué?, ¿correr?, no, correr no, escapar no, ¿para qué escapar?, si a lo mejor eres tú quien está a mi merced, como ahora esta mano tuya, tu pedigüeña mano entre mis manos, ¿tu mano?, no parece tuya, no es áspera para ser de un pordiosero, pero tus ojos tampoco, algo no cuadra, ¿quién eres?, ¿quién serás?, ¿por qué aquí?, ¿por qué ahora?, no quiero dejarte escapar, mi mano entre tus manos, ¿por qué la coges así tan fuerte?, hasta que te alcancé, linda señorita con un lindo vestidito, ¿quién te has creído para verme así?, y allá en la puerta de la iglesia, ¿te acuerdas?, por mí te hubieras ahogado en la fuente de agua bendita, perra, pero no, mejor que no te ahogaste, ¿cómo te vas a ahogar con ese vestidito tan lindo?, no me veas así, mierda, pueblo de mierda, pero qué más da, sería lo mismo en otro lado, o casi lo mismo, aunque no serías tú, no estaría mi mano entre las tuyas, a lo mejor y no tendría estas ganas de llorar, ¿por qué tú?, ¿quién mierda eres?, ¿de dónde saliste?, no te había visto antes por aquí, como si en este pueblito fueras a salir de la pobreza, pero claro, tú no quieres salir de la pobreza, hasta pareciera que la buscas, porque no naciste pobre, eso se nota, no estás acostumbrado a ella, aunque por lo visto esto de la mendicidad se aprende rápido, ¿qué tan difícil puede ser?, si tan solo no se te hubiera ocurrido coger mi mano, ahí, sucia, en medio de las tuyas, como una denuncia muda, como si me conocieras, como si lo supieras y en realidad no tienes ni puta idea, mis manos son mías y hago con ellas lo que me da la gana, ya no quiero tener tu sudor en mi mano, mi mano, mierda, no es tuya, ¿entiendes?

El bolso cae a la acera y el pequeño espejo se rompe; ninguno de los dos escucha el estallido del cristal. Un mechón de cabello resbala sobre el rostro de ella pero sin cubrir ninguno de los ojos; los ojos están ahí, desnudos hasta la impudicia, esos ojos, tan parecidos a otros pero que no son los otros, son solo esos ojos, ahí, fijos en él, en sus ojos. El espejito se ha roto, ya no sirve, ahora podría ser un arma.

Imbécil, tu bolso, como si en tu bolso tuvieras algo que pueda interesarme, como si el perdón se pudiera guardar en un bolso, ¿y me sigues viendo?, necesito un árbol, si tan solo fueras un árbol y pudiera treparme en tus ramas y arrancarte las hojas, arrancarte los ojos, masticarlos, saborearlos, escupírtelos en la corteza, en ese vestidito tan lindo, ensuciarte, me emputa tu pulcritud, ¿para qué tanta limpieza?, perra, por lo menos tus manos ahora, tu mano, ¿por qué te sueltas?, ni siquiera quieres recoger el bolso, ahora tengo miedo, no quiero tenerte miedo, creo que te necesito pero tú no lo sabes, quiero que se apague este calor, como si supiera lo que quiero, como si supiera lo que quieres, quiero saber lo que quieres, ¿por qué tiemblas?, no, eso no, por favor, te detesto maldita, no me veas, golpes no por favor, desaparece, ¿no ves que no puedo ni defenderme?, por lo que más quieras, así al menos cerrarás esos ojos. No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. No quería hacerlo, te juro que no quería hacerlo, no de nuevo, no siento la mejilla, ¿por qué?, quiero tu mano entre las mías de nuevo pero no te das cuenta de nada, mira lo que hago con tu puto bolso, como si me interesara tu bolso, como si pudiera encerrar mis recuerdos en un bolso, pueblito de mierda, no te vayas, ha sido un malentendido, no diré nada, te lo juro, no hay necesidad de hacernos daño, por favor, no te vayas, y de nuevo el hambre, nunca espera, el hambre, pordiosera, ¿y ahora qué?

27.11.06

Pordiosero

El mendigo acaba de llegar a la pequeña ciudad por la mañana, y a estas alturas más le interesan las similitudes entre ciudad y ciudad que sus respectivas diferencias. No le fue difícil adivinar el rumbo que tenía que tomar para ir caminando de la terminal de buses hasta la plaza central, sin tener que preguntar direcciones a nadie. En todo caso una diferencia que no puede dejar de notar ahora que camina por todos lados es que en las ciudades pequeñas, en los pueblitos, más gente regresa a verlo mientras pasa.

Sentado en una banca de la plaza central mira detenidamente un árbol, su corteza, sus hojas temblorosas, sus ramas. Hace mucho plantó un árbol en otra ciudad, en otro país. Quisiera creer que el árbol que tiene ahora al frente es suyo, el que él plantó, su árbol, como si los árboles pudieran tener dueños. Le dan ganas de destrozar ese árbol, hacerlo añicos, quemar las hojas, triturar la madera, mascarla y que su sangre se junte a la savia, escupirlo, bendecirlo, bautizarlo, como si los árboles pudieran tener nombre. Tiene hambre, se dirige a la puerta de la iglesia a probar suerte.

Una señorita joven ha llegado a la iglesia, no tiene más de veintidós años ni más de tres dólares con ella. El mendigo estira la mano, ya ni siquiera siente necesidad de abrir la boca. La joven le espeta un «pordiosero» de la manera más despectiva posible, vira la cara y entra agarrando un poco más fuerte su bolso. Él baja la mano, y por vez primera se da cuenta de la etimología de pordiosero, por-dios-ero, por dios, por el amor de dios, y sonríe, pero en verdad quisiera llorar. Empieza a darle vueltas a la palabrita en su cabeza, ¿por qué dios?, ¿por qué ahora?, ¿por qué ella?, tan bonita ella. Vuelve a la banca de la plaza central y espera a que salga. Minutos después sale. La sigue con disimulo, recién a las cinco cuadras ella se da cuenta de que la sigue, de que él la sigue, y se para en medio de la acera. El bolso cuelga tranquilo de su hombro.

Él pasa por su lado y camina aún siete pasos antes de detenerse y darse la vuelta. Los dos se quedan viendo. Primera vez que ella ve sus ojos, unos ojos extraños, no los de un mendigo cualquiera de pueblo pequeño. Él empieza a acercarse y ella camina hacia atrás por impulso, aunque en realidad no quiere caminar para atrás. Vuelve a extender el brazo y está tan cerca que casi roza su seno izquierdo. Los pocos caminantes de esa calle regresan a verlos y aceleran el paso, nadie hace nada, nadie dice nada. Ella se detiene del todo y toma la mano del mendigo entre sus manos. No hay necesidad de hacernos daño, no hay necesidad, la necesidad, ¿de qué hay necesidad entonces? Él libera su mano y el bolso cae a la acera. Ninguno de ellos hace el menor ademán de querer recogerlo. Vuelven a mirarse a los ojos. Él quisiera arrancarle los ojos, masticarlos, saborearlos, por dios, ¿qué necesidad tiene ella de mirarlo? La abofetea y a ella se le escapa una lágrima, él patea el bolso que va a parar a la mitad de la calle. Se aleja de ahí, necesita abrazar a un árbol, luego verá si encuentra algo de comer.

20.11.06

Fiebre

Cuando era más joven terminaba detestando los discos que escuchaba mientras estaba enfermo, principalmente de gripe que ha sido mi mal crónico. Si los volvía a escuchar pasados los síntomas, regresaba a mí un eco de aquel malestar que me había estado jodiendo hace poco. Incluso recuerdo que terminé regalando el W.F.O. de Overkill (de una etapa bastante metalera) porque simplemente no podía soportar escucharlo más, y ahora a lo lejos recuerdo la introducción de Bastard nation con un dejo de nostalgia que no hace tanto daño.

Este fin de semana la fiebre llegó a un tope de 40, y en el mini-componente daban vuelta, en orden: Calamaro, los Zeppelin, los Stones, Dylan y Marianne Faithfull, y parece que he aprendido a disociar el malestar con la banda sonora de la enfermedad. Todos los discos nuevecitos, hallazgos del último viaje a la capital; ese viaje a la capital.

Me gustaría decir que a media noche me despertó el ruido de un aleteo y encontré un árbol totalmente negro, tanto el tronco como las ramas y las hojas, erguido al pie de mi cama; y que sentados encima del árbol estaban Jonás y Bukowski tomando de una misma botella, callados, mirándome, como esperando que sea yo quien rompa el silencio, afiebrados también ellos (más a la vista que al tacto), meciéndose sobre las ramas y metiéndose hojas en la boca para escupirlas luego. Pero en realidad no pasó nada de eso; ni siquiera en sueños. Tengo que averiguar cómo lo lograba Blake.

La fiebre va amainando y menos pañuelos son necesarios para mantener una nariz presentable. Ya preparé la clase que tengo que dar mañana y al fin quedó decente el blog del CineClub. No hubo visiones esta vez; a lo mejor la próxima haya más suerte. La lucidez está en camino.

6.11.06

Pedales

Serían como ocho años que no me había subido a una bicicleta, pero es cierto eso que uno nunca se olvida. A mi hermano el menor y a su noviecita se les ocurrió ir hasta el zoológico y me retaron a una carrerita; acepté admitiendo la derrota por adelantado. Igual no tenía nada que hacer en casa.

Iba pedaleando más bien lento, los auriculares puestos, un disco de Blind Melon en el discman, el caos usual en la cabeza pero no por eso despistado de la calle y los carros. Salimos de casa a las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. No se con exactitud a qué hora fue el accidente, pero ahora (siempre es ahora, y ahora lo tengo más claro que nunca) eso no importa en lo absoluto. El carro era de un azul más bien oscuro y mi muerte fue instantánea.

Lo primero que noté fue la ausencia de sonido, que no era silencio propiamente dicho; era como si las funciones del tímpano hubiesen sido transferidas a la piel, solo que ya no había piel, y eso fue lo segundo que noté. Lo veía todo al mismo tiempo, en todas direcciones y con colores que en vida no había conocido. Fue algo hermoso, no puedo negarlo; aunque a decir verdad a partir de ese momento todo ha sido hermoso, hasta las transformaciones.

Me vi tumbado en el pavimento; la única sangre a la vista era la de unos raspones en los codos. Vi a la mujer del carro azul que sin soltar el volante lloraba. Vi al tipo que se bajó de un taxi a darme respiración boca a boca y que discretamente me manoseaba. Vi a la viejita que llamaba a su hijo al celular para que este llame a una ambulancia desde su oficina. Vi a mi hermano el menor con su noviecita llegando al zoológico sin enterarse de nada respecto al accidente. Vi el pedal que se había zafado de la bicicleta y había ido a parar junto a una alcantarilla.

De repente fue la paz, la verdadera paz, una que dudo algún ser vivo (entiéndase: vivo) haya experimentado jamás; la paz como ausencia de tribulaciones sin por ello perder los recuerdos. Grité, recuerdo que grité, y todo empezó a desvanecerse y hacerse viento. No supe más nada de aquella tierra que dejaba atrás. Ahora quisiera poder explicarles lo que hay acá, pero no se puede, les juro que no se puede, y no es que no quiera. En todo caso puedo afirmar que los testimonios de aquellos que aseguran haber muerto y vuelto a la vida cual Lázaros están mal; simplemente están mal. Acá somos todos, e incluso hay un nombre apropiado para nosotros, que tampoco es un nosotros porque la unidad es irrefutable, pero el nombre no importa porque las palabras ya no importan, no las necesitamos.

30.10.06

Confesionario

Dicen que la vieron entrar a la iglesia, y hasta ahí nomás coinciden. Unos claman que asentó la rodilla derecha para persignarse y que la corta faldita que llevaba... negra, por supuesto; el resto dice que ni siquiera detuvo sus pasos y así rapidito llevó su mano a la frente etcétera. Parece que luego se dirigió cabizbaja al confesionario, no sabemos; a lo mejor y el arcángel Gabriel allá arriba y ella desde abajo, pero ni cómo confirmarlo. El grito igual; unos dicen que ella, otros que el padrecito, los de por allá que qué grito. Y esta puta mancha de sangre (perdón, diosito) que no quiere salir; lo otro si he de decir la verdad me importa poco.

23.10.06

Puertas numeradas

Mayrita es la odontóloga del colegio de mi hija, mi amante desde hace dos meses y una puta en potencia. No se malentienda por favor, no es que me quiera cobrar cada vez que tiramos. Fue la noche que por primera vez me hizo un striptease, encima de la cama del motel de turno, que me contó su escondida fantasía. Aún nos quedaba casi una hora de las tres reglamentarias en la habitación; estábamos acostados, desnudos, compartiendo los cigarrillos.

«Tú sabes, uno escucha desde temprano la palabra puta, hijueputa y todas esas huevadas, pero recién cuando cumplí los nueve entendí qué mismo es que era una puta. Claro, al principio igual no tenía claro por qué es que les pagaban a esas manes, pero no podía sacarme de la cabeza la palabrita esa. Creo que fue a los doce o trece que una tía que vino de visita me preguntó la típica qué-quieres-ser-cuando-seas-grande, y yo sin pensarlo mucho le solté de una que de grande quería ser puta. Por suerte estábamos solas y ella se portó frescaza, me abrazó y me dijo tontita nomás. ¿Sabes? Ella misma es odontóloga, y a lo mejor por ese lado, no se. Igual, al otro día salí a pasear con ella y su novio, y ella le pidió que nos lleve a un prostíbulo; el man se quedó frío y yo me puse nerviosaza, pero ahí no se qué huevada medio le explicó y él dijo que bueno. Llegamos a uno de esos de mala muerte y el man entró primero; salió al rato y dijo que había hablado con el encargado y que fresco nomás, que sí podíamos entrar nosotras. Así que bueno, entramos y nos sentamos en una mesa, y ahí estaban ellas, paradas en sus respectivas puertas, semidesnudas, ¿me vas a decir ahora que nunca te has ido de putas? Ya, fresco. Mi tía y el novio se pidieron una cerveza y al rato llamaron a una de esas manes, que vino y se sentó al lado mío. Dijo que se llamaba Nicole, aunque de ley era el nombre artístico, no sé. Y para qué, la man se portó frescaza con nosotros, pero igual no quiso el vaso de cerveza que mi tía le ofreció. Nos dijo que tenía 21 años y que era de la costa, y que como la mayoría de sus colegas había sido madre soltera; tenía una nena de dos años, Shirley le había puesto, y que el papá había sido un compañero de ella en el colegio. Claro, el man se barajó ni bien se enteró de que la Nicole estaba embarazada y ella se salió del colegio apenas terminó quinto curso. Al principio la mamá la había acolitado y vivieron ahí las tres. Una amiga es que la había convencido para ir a trabajar en un prostíbulo, claro, en otra ciudad, y que la man se había animado y sólo le dijo a la mamá que había conseguido un trabajo en otro lado y le dejó la nena. De ahí es que un tipo siempre caía por el prostíbulo donde la man trabajaba y cada vez que tiraban el man le dejaba su propinita extra. Se casaron después y el tipo este viajaba con ella a cada nueva ciudad en la que la man iba a trabajar. El rato que estábamos ahí conversando nos dijo que su marido estaba por ahí cerca cachueleando en una mecánica. A la nena la iba a ver una vez al mes en la casa de su mamá. A lo que mi tía le dijo que yo de grande también quería ser puta la man se cagó de la risa, me acarició la cabeza y me dijo que mejor estudie, que esa vida era de a perro. Y ya ves, le hice caso, no se si por conveniencia o por puritito miedo. Pero igual, a cada rato me veo ahí parada en una de esas puertas numeradas, con un traje de baño chiquitito esperando que alguien venga a preguntarme que cuánto cobro. No estoy loca, ¿verdad mi amor? Si hasta he pensado en el nombre artístico: Estela, como mi abuelita.»

Estiró el brazo, alcanzó la botella de agua mineral de encima del velador y tomó un par de tragos. Dejó la botella y me besó de una forma un poco rara. Por un momento sentí que tenía entre mis brazos a la niña de doce años que estuvo metida una tarde en un prostíbulo de mala muerte, y la abracé con fuerza. Luego se paró y caminó hacia el baño; ya no teníamos mucho tiempo y teníamos que pegarnos un duchazo. Se detuvo al llegar a la puerta, dio media vuelta y me sonrió mientras se arrimaba al marco de la puerta. Estaba desnuda. Estaba hermosísima.

16.10.06

Pornópera

El alcalde sonríe nervioso en su palco. No termina de entender cómo fue que se dejó convencer para involucrar al municipio en la promoción y apoyo de este esperpento, porque ¿de qué otra manera se podría llamar a un estúpido híbrido de ópera y pornografía? Su esposa sonríe a su lado, pero su sonrisa es honesta; de hecho fue ella quien puso en contacto a su bienamado con los productores de la obra. El telón aún no sube y la gente aplaude en un intento de acelerar el comienzo. Público de lo más variado nos acompaña esta noche, desde las habituales sonrisas de las páginas sociales hasta los aspirantes a artistas que pululan por los bares "alternativos" de la ciudad. El alcalde, en su inquietud, mira el reloj más de cinco veces por minuto.

El telón se levanta dieciocho minutos después de la hora fijada en el programa. Un escenario sencillo: el decorado de una habitación, cama, ropero, tres sillas, velador con lámpara y libro de cabecera (una edición de Justine en japonés, pero esto el público no lo puede apreciar), y una alfombra cuadrada con los colores de la bandera del país en el centro. Una pareja de actores-cantantes en el escenario: el actor, bajo barítono, bordea los cuarenta años; la actriz, soprano lírica, menor de treinta. Al levantarse el telón ella está sentada en el costado derecho de la cama, llorando quedito, mientras a sus espaldas el actor nos empieza a explicar con su vozarrón su peculiar situación.

El guionista está en su respectivo palco, repartiendo su atención entre la puesta en escena y el palco del señor alcalde. Le divierte ver la incomodidad del burgomaestre y fantasea al observar la serena sonrisa de la hermosa dama que brilla a su lado. Por un capricho que ni él mismo se pudo explicar convincentemente no asistió a ninguno de los ensayos previos al estreno; tan sólo se entrevistaba una o dos veces por semana con el director escénico para discutir las modificaciones de los diálogos y los detalles de la musicalización. En realidad el guionista no sabía nada de ópera aparte de la que veía de niño en los dibujos animados de Bugs Bunny y compañía. Fue en una visita a la capital que pudo asistir a la presentación gratuita de una opereta en un parque céntrico, iniciativa de uno de los más grandes teatros del país para acercar un espectáculo tildado de elitista a la gente poco familiarizada con tales puestas escénicas.

Por aquel entonces rondaba por la cabeza del guionista la idea para un cortometraje: la historia de un tipo que no podía hacer el amor a menos que esté escuchando, a todo volumen, el himno nacional. Mientras estaba parado en medio de aquel parque, oyendo las modulaciones de voz de uno de los cantantes, se le ocurrió medio en broma medio en serio presentar aquella historia en formato de ópera porno, o "Pornópera", título vendedor como decían por ahí. Y aunque no le fue tan fácil contactar a la gente adecuada para la correspondiente adaptación del guión –que, por cierto, escribió en menos de una semana-, ahí estaba ahora, en su palco, noche de estreno, todas las entradas vendidas, algunos espacios vacíos de las personas que no pudieron aguantar más, pequeño teatro de su pequeña ciudad natal, el municipio apoyando al talento local, el alcalde en su palco queriendo ladrar de rabia, tercer y último acto, ambos actores desnudos luego de haber estado discutiendo en los dos actos precedentes, fornicando en la cama sobre el escenario, encima de las cobijas como dios manda, mientras la Orquesta Sinfónica hace retumbar al teatro entonando las sagradas notas del himno nacional. Desde su palco el guionista pudo contar a veintitrés patriotas, nueve mujeres y catorce hombres, ponerse de pie, la mano derecha en el pecho, y entonar con fervor la letra del himno.

9.10.06

Cajón

Cerró el cajón de inmediato y se quedó ahí sentado en el borde de la cama, con la respiración agitada y las manos temblorosas.

Fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoooo...

No era una voz precisamente; el sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, no lo había escuchado nunca antes, y mientras más se esforzaba en compararlo con algo inteligible más crecía la confusión, y la erección, porque en los pocos segundos que el cajón permaneció abierto sintió que una considerable cantidad de sangre fluyó hacia su pene, y dolía. El sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, cesó cuando cerró el cajón.

En el velador hay tres cajones, y el que nos interesa ahora es el segundo. En dicho cajón tenemos: un espejo, una piedra comprada en una tienda de chinos que se supone venir del que fue el muro de Berlín, un diccionario inglés-español y no viceversa, un destornillador, tres encendedores de los cuales sólo uno vale, un muñeco de Buzz Lightyear de una cajita feliz, una foto de una vagina depilada y un esfero rojo.

Mientras la erección iba disminuyendo estuvo tentado de abrir los otros dos cajones, no por buscar algo en ellos, pero tuvo miedo. ¿Estaré soñando? Pregunta estúpida donde las haya. ¿Y ahora? A lavarse la cara, ¿qué más puedo hacer? Estaba abriendo la puerta del baño cuando sonó el timbre, y no pudo reprimir el grito leve y la taquicardia desbocada.

En la puerta encontró a una señora algo mayor, con una larga falda negra y una blusa marrón, sin canas. Vendedora de cosméticos. Quiso contarle todo, hacerla su confidente, pero no halló las palabras. Pensará que estoy loco, seguro. Le compró una crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga, y de repente empezó a imaginar que la respuesta estaba en ese tarrito, que lo abriría y no encontraría crema para las manos, sino otra cosa, cualquier otra cosa. La señora sonreía, apacible, casi hermosa, casi.

Cerró la puerta, la mano derecha se negaba a soltar el pomo, la mano izquierda apretaba el tarrito de la crema con más fuerza que la necesaria. Quiso abrir la puerta, seguir a la señora, ayudarle a cargar la bolsa de cosméticos, cualquier cosa, no volver a entrar a la habitación, a la habitación, al cajón, el cajón, ese cajón que una vez más tenía al frente suyo. Nuevamente estaba sentado en el borde de la cama, pero ahora su mano izquierda sostenía un tarrito, chiquito, de crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga.

Respiró profundo, abrió el cajón, agarró el esfero rojo y movió un poco el muñeco de Buzz Lightyear para hacerle espacio al tarrito de crema para las manos. Ni siquiera abrió el tarrito, ¿para qué lo compré si no necesito crema para mis manos? Cerró el cajón, casi feliz, sin ruidos extraños ni erecciones dolorosas, y con el esfero rojo en su mano derecha. ¿Y para qué era que quería el esfero? Le faltaba el diccionario, necesitaba traducir una palabra. Abrió nuevamente el cajón y fermndoms, fermndoms, f.

2.10.06

Fotografía

La foto llegó a manos de Flora once meses después de haber sido tomada, y de alguna manera que no se pudo explicar transformó el dolor que llevaba dentro en otra cosa más flexible y apacible. Fue Maximiliana quien vio la foto en una repisita fuera de un estudio fotográfico del centro, pagó por ella y se la llevó a su amiga. En la foto Flora está sentada en un banquito, la pierna izquierda encima de la otra, las manos cruzadas sobre su regazo, la espalda erguida y una hermosa sonrisa en sus labios; parado detrás de ella sonríe Agustito, su hijo. Ahora la foto se exhibe en la mesita de adornos que está a la derecha del sofá en el que Agustito se pegó un tiro en la sien, justo el día después de haberse tomado la foto.

Mientras la señora Vélez salía de casa de Flora luego de una visita de lunes iba pensando en la foto, en la alegría del hijo perdido que apoyaba sus manos en los hombros de su madre, en lo bien que se lo veía a Agustito, casi un año ya, pobrecita Flora, pero ya no tan triste como hace sólo unos día, qué raro.

Mientras la señora Bastidas salía de casa de Flora luego de una visita de miércoles iba pensando en la foto, en la ternura del hijo perdido que abrazaba a su madre por la espalda, aunque la señora Bastidas recordaba a Agustito un poco más joven y sin barba por aquellos días que antecedieron al “accidente”, qué raro.

Mientras la señora Obando salía de casa de Flora luego de una visita de viernes iba pensando en la foto, en la desfachatez de Flora de poner en la sala un retrato de ella con un hombre mayor muy parecido al pobre de Agustito, y si como eso fuera poco en la foto el tipo ponía descaradamente sus manos sobre los senos de Flora, y tan decente que se la veía, qué raro.

Pocos días después, para la misa de primer aniversario por la muerte de su hijo, Flora mandó a hacer una ampliación de la foto para colocarla junto al altar y que todos los asistentes pudieran verlo a su querido Agustito, tan lindo él con su corbata de lacito detrás de su madre, juntos para siempre, amén.

25.9.06

Publicidad apática # 21

EL ANTES

Este jueves 21, a las 21h00 (hora de Ecuador), un especial de música de películas: Grand Cafe, en Radio04. Está bien que vaya sin tilde. Gracias por la atención prestada.

EL DESPUÉS

El programa se grabó. El programa salió al aire. El programa está colgado en la web hasta el fin de los tiempos, o algo por el estilo. Es cierto que hay unas partes que no se entiende bien qué mismo es que se habla, así que a continuación se enumera la lista de canciones aparecidas indicando la Película donde sale, el Director de la misma, el nombre de la Canción y su respectivo Intérprete (o compositor, en un par de casos). Si alguien quiere alguna de las canciones simplemente deje su mail que se la haremos llegar.


Aquí se podrá encontrar el programa íntegro dividido en cuatro partes:


Primera parte


Cortinas


P: Apocalypse now

D: Francis Ford Coppola

C: La cabalgata de las valquirias

I: Wagner


P: Stealing beauty

D: Bernardo Bertolucci

C: Glory box

I: Portishead


Lista


P: Fight club

D: David Fincher

C: Where is my mind?

I: Pixies


P: The Rocky Horror picture show

D: Jim Sharman

C: Sweet transvestite

I: Tim Curry


P: Reservoir dogs

D: Quentin Tarantino

C: Little green bag

I: The George Baker selection


P: La stanza del figlio

D: Nanni Moretti

C: By this river

I: Brian Eno


Segunda parte


Cortinas


P: A clockwork orange

D: Stanley Kubrick

C: Singing in the rain

I: Gene Kelly


P: Being John Malkovich

D: Spike Jonze

C: Amphibian

I: Björk


Lista


P: Amores perros

D: Alejandro González Iñárritu

C: Lucha de gigantes

I: Nacha Pop


P: Airbag

D: Juanma Bajo Ulloa

C: Soy rebelde

I: Albert Pla


P: School of rock

D: Richard Linklater

C: Immigrant song

I: Led Zeppelin


P: Blue velvet

D: David Lynch

C: In dreams

I: Roy Orbison


Tercera parte


Cortinas


P: The exorcist

D: William Friedkin

C: Tubular bells

I: Mike Oldfield


P: Chicken little

D: Mark Dindal

C: It’s the end of the world as we know it

I: R. E. M.


Lista


P: Trainspotting

D: Danny Boyle

C: Sing

I: Blur


P: Son frère

D: Patrice Chéreau

C: Sleep

I: Marianne Faithful


P: Pulp fiction

D: Quentin Tarantino

C: Girl, you’ll be a woman soon

I: Urge overkill


P: Adaptation

D: Spike Jonze

C: Happy together

I: The Turtles


Cuarta parte


Cortinas


P: Chicken little

D: Mark Dindal

C: It’s the end of the world as we know it

I: R. E. M.


P: The Doors

D: Oliver Stone

C: O fortuna

I: Carl Orff


P: Apocalypse now

D: Francis Ford Coppola

C: The end

I: The Doors


Lista


P: Magnolia

D: Paul Thomas Anderson

C: Save me

I: Aimee Mann


P: The dreamers

D: Bernardo Bertolucci

C: Hey Joe

I: Michael Pitt


P: Romeo + Juliet

D: Baz Luhrmann

C: Exit music (for a film)

I: Radiohead

Y, como última recomendación (ya que nos embalamos con esto de los links), en esta página encontrarán versiones de Fight club, The exorcist, Pulp fiction, Reservoir dogs y The Rocky Horror picture show (entre otras películas no incluídas en el especial este de bandas sonoras) actuadas por conejos en treinta segundos. Disfrutad.