25.12.06

Empieza el olvido

Y es más o menos como nacer, la abolición del útero y todo eso: empieza el olvido. Se hace la luz y todo se vuelve confuso. Los ruidos, los ruidos, los ruidos, voces que me llaman y no puedo entender. La mayor parte del tiempo me la paso mirando el techo, y claro, no falta el chistoso que se interpone en el medio, como si su cara fuera algo interesante. Me mecen, siento el vaivén, la incertidumbre, la ausencia de la paz, el contacto con los otros. Todo es nuevo e inodoro. Madre, tengo miedo, tengo frío: abrázame.

18.12.06

Parto

Jorge Rolando dio a luz un martes minutos antes de las 6 de la mañana; fue una hermosa nenita a la que pusieron por nombre Adela Carolina, en honor a sus abuelas tanto paterna como materna. Christina estuvo con su esposo durante el parto, y al ver el vientre abierto de su amado sintió una mezcla de asco y ternura infinita; se prometió no llorar y no lloró; se limitó a apretar la mano de Jorge Rolando durante toda la intervención. Minutos más tarde se encontró en el pasillo con sus suegros mientras a la nena unas enfermeras la limpiaban y esas cosas. La verdad es que ella nunca se llevó muy bien que digamos con sus suegros; una hostilidad silenciosa como con espinas se tendía entre ellos, y cada cruce de palabras dejaba raspones en Christina; nada grave, pero igual jodía. Deseó que su padre estuviera ahí con ella y no en viaje de negocios, los putos viajes de negocios siempre inoportunos; pero bueno, ya estaba grandecita y a punta de una cordialidad cortante había aprendido a convivir con sus suegritos. La abrazaron y la felicitaron, no podría ser de otra manera; era una nueva mamá y esas cosas no pasan todos los días. Le preguntaron si su Jorgito había sufrido mucho durante el parto y ella sin pensárselo mucho les dijo que lo normal, que habrá que esperar hasta que se desentumezca de la anestesia para preguntarle a él mismo qué sintió mientras daba a luz. El padre de Jorgito enarcó las cejas a la vieja usanza y trató a las dos mujeres de insensibles, claro, como ellas no son las que tienen que cargar con la criatura adentro todo el embarazo, argumentos trillados donde los haya. ¿Y si los mato?, pensó Christina. Ella misma nunca conoció a ninguno de sus abuelos y no le hicieron falta en absoluto; la pequeña Adela Carolina se quedaría con un solo abuelo, más que suficiente; incluso el dinerito extra de la herencia no les caería nada mal. El único problema a la larga sería su propio cargo de conciencia, pero una amiga suya siempre estaba alabando a su psicólogo de confianza, así que soluciones habían; si no esa, otras. No era tan difícil tampoco el asunto: escondería un oso panda en el baño de sus suegros y luego ella misma se encargaría de atascar la puerta de la habitación para que no puedan escapar; ¿quién iba a sospechar de ella? Los miró con lástima, viejos patéticos. Sirvió tres copas de vino y juntos brindaron por la bendición encarnada en el pequeñito cuerpo de Adela Carolina. Jorge Rolando despertó una hora después con ganas de vomitar y pidió ver a la niña, aunque algo dentro de él repudiaba la idea del lazo que ahora lo unía a su hija; cuando la tuvo entre sus brazos empezó a llorar como un niño pequeño.

11.12.06

Cumpleañero

El jueves 7 fue el cumpleaños de Tom Waits; antes de la caída de la noche agarré el único disco que tengo de ese man, conseguí dos botellas de whisky barato y mientras la una reposaba en la mochila junto al discman iba tomándome la otra a pico, caminando por calles poco transitadas. A lo que destapaba la segunda botella me dieron unas ganas súper hijueputas de llorar. Tom Waits cumplía 57 años y no tenía ni puta idea de que un país chiquitito un huevón estaba chupando a su salud, y con whisky barato y tibio como dios manda.

El disco me lo encontré como hace dos años en una banca de la universidad, adentro de una mochila abierta. ¿Que quién es Tom Waits? Pues para mí es un tipo que canta con las bolas; nunca antes había escuchado algo parecido, aunque sería honesto decir que se acerca a la musiquita que sale en las películas infantiles cuando lo presentan al villano. Su voz es como lija, pero me hizo mierda desde la primera vez que lo escuché, y no lo puedo dejar; tampoco es que lo haya intentado.

Recuerdo que me senté en la banca de un parque cuando la segunda botella iba por la mitad, y lo siguiente que recuerdo es ir acomodado en el asiento trasero de un Suzuki; una tipa iba manejando y su enamorado (o algo parecido) iba en el asiento del copiloto. Iban conversando entre ellos y a mí no me prestaban mayor atención. A ella la conocía de algún lado, a lo mejor una ex compañera del colegio o una prima lejana, hasta ahora no estoy seguro. ¿Cómo carajo llegué ahí? No tenía ninguna botella a la mano, pero en mi espalda seguía mi mochila; saqué los audífonos y le puse nuevamente play al disquito. Creo que pasamos por la calle donde vive mi ex, pero no me importó mucho. Lo primero que recuerdo haberles dicho es que pararan por una licorería para ir recargando las municiones; el gil ese se rió, y ella me pasó una botella de vino casi entera.

Vino, hace años que no tomaba vino, y no estoy muy seguro de si Tom Waits toma vino o no. La verdad sea dicha no se ni mierda de Tom Waits, ni de dónde mismo es ni cuáles son sus influencias ni si tiene hijos ni si tiene más discos aparte del que me robé. No me importa, todo eso me vale verga. Alcé la botella de vino y un poco se me regó por las comisuras de la boca; estaba buenísimo, no me duró más de cinco minutos. A lo que la tipa paró para que su acompañante se baje a mear me bajé del carro y empecé a caminar en contravía por el filo de la vereda. Creo que me llamó por mi nombre tres veces pero ni siquiera la regresé a ver.

En verdad ni estoy seguro de que el jueves haya sido el cumpleaños de Tom Waits; solo sé que una semana antes el tipo se me apareció en sueños y me lo dijo mientras se comía las moscas que revoloteaban a nuestro alrededor. A lo mejor las moscas expliquen la aspereza de su voz, pero tampoco es que necesite explicaciones. Volví a casa cuando las primeras luces del viernes volvían reconocibles los colores de las paredes. Dormí hasta la noche.

4.12.06

Cachetada

Ya estás aquí, me has perseguido desde la iglesia y al fin me alcanzaste, y yo que bien podría correr, pero ¿para qué?, ¿correr?, no, correr no, escapar no, ¿para qué escapar?, si a lo mejor eres tú quien está a mi merced, como ahora esta mano tuya, tu pedigüeña mano entre mis manos, ¿tu mano?, no parece tuya, no es áspera para ser de un pordiosero, pero tus ojos tampoco, algo no cuadra, ¿quién eres?, ¿quién serás?, ¿por qué aquí?, ¿por qué ahora?, no quiero dejarte escapar, mi mano entre tus manos, ¿por qué la coges así tan fuerte?, hasta que te alcancé, linda señorita con un lindo vestidito, ¿quién te has creído para verme así?, y allá en la puerta de la iglesia, ¿te acuerdas?, por mí te hubieras ahogado en la fuente de agua bendita, perra, pero no, mejor que no te ahogaste, ¿cómo te vas a ahogar con ese vestidito tan lindo?, no me veas así, mierda, pueblo de mierda, pero qué más da, sería lo mismo en otro lado, o casi lo mismo, aunque no serías tú, no estaría mi mano entre las tuyas, a lo mejor y no tendría estas ganas de llorar, ¿por qué tú?, ¿quién mierda eres?, ¿de dónde saliste?, no te había visto antes por aquí, como si en este pueblito fueras a salir de la pobreza, pero claro, tú no quieres salir de la pobreza, hasta pareciera que la buscas, porque no naciste pobre, eso se nota, no estás acostumbrado a ella, aunque por lo visto esto de la mendicidad se aprende rápido, ¿qué tan difícil puede ser?, si tan solo no se te hubiera ocurrido coger mi mano, ahí, sucia, en medio de las tuyas, como una denuncia muda, como si me conocieras, como si lo supieras y en realidad no tienes ni puta idea, mis manos son mías y hago con ellas lo que me da la gana, ya no quiero tener tu sudor en mi mano, mi mano, mierda, no es tuya, ¿entiendes?

El bolso cae a la acera y el pequeño espejo se rompe; ninguno de los dos escucha el estallido del cristal. Un mechón de cabello resbala sobre el rostro de ella pero sin cubrir ninguno de los ojos; los ojos están ahí, desnudos hasta la impudicia, esos ojos, tan parecidos a otros pero que no son los otros, son solo esos ojos, ahí, fijos en él, en sus ojos. El espejito se ha roto, ya no sirve, ahora podría ser un arma.

Imbécil, tu bolso, como si en tu bolso tuvieras algo que pueda interesarme, como si el perdón se pudiera guardar en un bolso, ¿y me sigues viendo?, necesito un árbol, si tan solo fueras un árbol y pudiera treparme en tus ramas y arrancarte las hojas, arrancarte los ojos, masticarlos, saborearlos, escupírtelos en la corteza, en ese vestidito tan lindo, ensuciarte, me emputa tu pulcritud, ¿para qué tanta limpieza?, perra, por lo menos tus manos ahora, tu mano, ¿por qué te sueltas?, ni siquiera quieres recoger el bolso, ahora tengo miedo, no quiero tenerte miedo, creo que te necesito pero tú no lo sabes, quiero que se apague este calor, como si supiera lo que quiero, como si supiera lo que quieres, quiero saber lo que quieres, ¿por qué tiemblas?, no, eso no, por favor, te detesto maldita, no me veas, golpes no por favor, desaparece, ¿no ves que no puedo ni defenderme?, por lo que más quieras, así al menos cerrarás esos ojos. No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. No quería hacerlo, te juro que no quería hacerlo, no de nuevo, no siento la mejilla, ¿por qué?, quiero tu mano entre las mías de nuevo pero no te das cuenta de nada, mira lo que hago con tu puto bolso, como si me interesara tu bolso, como si pudiera encerrar mis recuerdos en un bolso, pueblito de mierda, no te vayas, ha sido un malentendido, no diré nada, te lo juro, no hay necesidad de hacernos daño, por favor, no te vayas, y de nuevo el hambre, nunca espera, el hambre, pordiosera, ¿y ahora qué?

27.11.06

Pordiosero

El mendigo acaba de llegar a la pequeña ciudad por la mañana, y a estas alturas más le interesan las similitudes entre ciudad y ciudad que sus respectivas diferencias. No le fue difícil adivinar el rumbo que tenía que tomar para ir caminando de la terminal de buses hasta la plaza central, sin tener que preguntar direcciones a nadie. En todo caso una diferencia que no puede dejar de notar ahora que camina por todos lados es que en las ciudades pequeñas, en los pueblitos, más gente regresa a verlo mientras pasa.

Sentado en una banca de la plaza central mira detenidamente un árbol, su corteza, sus hojas temblorosas, sus ramas. Hace mucho plantó un árbol en otra ciudad, en otro país. Quisiera creer que el árbol que tiene ahora al frente es suyo, el que él plantó, su árbol, como si los árboles pudieran tener dueños. Le dan ganas de destrozar ese árbol, hacerlo añicos, quemar las hojas, triturar la madera, mascarla y que su sangre se junte a la savia, escupirlo, bendecirlo, bautizarlo, como si los árboles pudieran tener nombre. Tiene hambre, se dirige a la puerta de la iglesia a probar suerte.

Una señorita joven ha llegado a la iglesia, no tiene más de veintidós años ni más de tres dólares con ella. El mendigo estira la mano, ya ni siquiera siente necesidad de abrir la boca. La joven le espeta un «pordiosero» de la manera más despectiva posible, vira la cara y entra agarrando un poco más fuerte su bolso. Él baja la mano, y por vez primera se da cuenta de la etimología de pordiosero, por-dios-ero, por dios, por el amor de dios, y sonríe, pero en verdad quisiera llorar. Empieza a darle vueltas a la palabrita en su cabeza, ¿por qué dios?, ¿por qué ahora?, ¿por qué ella?, tan bonita ella. Vuelve a la banca de la plaza central y espera a que salga. Minutos después sale. La sigue con disimulo, recién a las cinco cuadras ella se da cuenta de que la sigue, de que él la sigue, y se para en medio de la acera. El bolso cuelga tranquilo de su hombro.

Él pasa por su lado y camina aún siete pasos antes de detenerse y darse la vuelta. Los dos se quedan viendo. Primera vez que ella ve sus ojos, unos ojos extraños, no los de un mendigo cualquiera de pueblo pequeño. Él empieza a acercarse y ella camina hacia atrás por impulso, aunque en realidad no quiere caminar para atrás. Vuelve a extender el brazo y está tan cerca que casi roza su seno izquierdo. Los pocos caminantes de esa calle regresan a verlos y aceleran el paso, nadie hace nada, nadie dice nada. Ella se detiene del todo y toma la mano del mendigo entre sus manos. No hay necesidad de hacernos daño, no hay necesidad, la necesidad, ¿de qué hay necesidad entonces? Él libera su mano y el bolso cae a la acera. Ninguno de ellos hace el menor ademán de querer recogerlo. Vuelven a mirarse a los ojos. Él quisiera arrancarle los ojos, masticarlos, saborearlos, por dios, ¿qué necesidad tiene ella de mirarlo? La abofetea y a ella se le escapa una lágrima, él patea el bolso que va a parar a la mitad de la calle. Se aleja de ahí, necesita abrazar a un árbol, luego verá si encuentra algo de comer.

20.11.06

Fiebre

Cuando era más joven terminaba detestando los discos que escuchaba mientras estaba enfermo, principalmente de gripe que ha sido mi mal crónico. Si los volvía a escuchar pasados los síntomas, regresaba a mí un eco de aquel malestar que me había estado jodiendo hace poco. Incluso recuerdo que terminé regalando el W.F.O. de Overkill (de una etapa bastante metalera) porque simplemente no podía soportar escucharlo más, y ahora a lo lejos recuerdo la introducción de Bastard nation con un dejo de nostalgia que no hace tanto daño.

Este fin de semana la fiebre llegó a un tope de 40, y en el mini-componente daban vuelta, en orden: Calamaro, los Zeppelin, los Stones, Dylan y Marianne Faithfull, y parece que he aprendido a disociar el malestar con la banda sonora de la enfermedad. Todos los discos nuevecitos, hallazgos del último viaje a la capital; ese viaje a la capital.

Me gustaría decir que a media noche me despertó el ruido de un aleteo y encontré un árbol totalmente negro, tanto el tronco como las ramas y las hojas, erguido al pie de mi cama; y que sentados encima del árbol estaban Jonás y Bukowski tomando de una misma botella, callados, mirándome, como esperando que sea yo quien rompa el silencio, afiebrados también ellos (más a la vista que al tacto), meciéndose sobre las ramas y metiéndose hojas en la boca para escupirlas luego. Pero en realidad no pasó nada de eso; ni siquiera en sueños. Tengo que averiguar cómo lo lograba Blake.

La fiebre va amainando y menos pañuelos son necesarios para mantener una nariz presentable. Ya preparé la clase que tengo que dar mañana y al fin quedó decente el blog del CineClub. No hubo visiones esta vez; a lo mejor la próxima haya más suerte. La lucidez está en camino.

6.11.06

Pedales

Serían como ocho años que no me había subido a una bicicleta, pero es cierto eso que uno nunca se olvida. A mi hermano el menor y a su noviecita se les ocurrió ir hasta el zoológico y me retaron a una carrerita; acepté admitiendo la derrota por adelantado. Igual no tenía nada que hacer en casa.

Iba pedaleando más bien lento, los auriculares puestos, un disco de Blind Melon en el discman, el caos usual en la cabeza pero no por eso despistado de la calle y los carros. Salimos de casa a las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. No se con exactitud a qué hora fue el accidente, pero ahora (siempre es ahora, y ahora lo tengo más claro que nunca) eso no importa en lo absoluto. El carro era de un azul más bien oscuro y mi muerte fue instantánea.

Lo primero que noté fue la ausencia de sonido, que no era silencio propiamente dicho; era como si las funciones del tímpano hubiesen sido transferidas a la piel, solo que ya no había piel, y eso fue lo segundo que noté. Lo veía todo al mismo tiempo, en todas direcciones y con colores que en vida no había conocido. Fue algo hermoso, no puedo negarlo; aunque a decir verdad a partir de ese momento todo ha sido hermoso, hasta las transformaciones.

Me vi tumbado en el pavimento; la única sangre a la vista era la de unos raspones en los codos. Vi a la mujer del carro azul que sin soltar el volante lloraba. Vi al tipo que se bajó de un taxi a darme respiración boca a boca y que discretamente me manoseaba. Vi a la viejita que llamaba a su hijo al celular para que este llame a una ambulancia desde su oficina. Vi a mi hermano el menor con su noviecita llegando al zoológico sin enterarse de nada respecto al accidente. Vi el pedal que se había zafado de la bicicleta y había ido a parar junto a una alcantarilla.

De repente fue la paz, la verdadera paz, una que dudo algún ser vivo (entiéndase: vivo) haya experimentado jamás; la paz como ausencia de tribulaciones sin por ello perder los recuerdos. Grité, recuerdo que grité, y todo empezó a desvanecerse y hacerse viento. No supe más nada de aquella tierra que dejaba atrás. Ahora quisiera poder explicarles lo que hay acá, pero no se puede, les juro que no se puede, y no es que no quiera. En todo caso puedo afirmar que los testimonios de aquellos que aseguran haber muerto y vuelto a la vida cual Lázaros están mal; simplemente están mal. Acá somos todos, e incluso hay un nombre apropiado para nosotros, que tampoco es un nosotros porque la unidad es irrefutable, pero el nombre no importa porque las palabras ya no importan, no las necesitamos.

30.10.06

Confesionario

Dicen que la vieron entrar a la iglesia, y hasta ahí nomás coinciden. Unos claman que asentó la rodilla derecha para persignarse y que la corta faldita que llevaba... negra, por supuesto; el resto dice que ni siquiera detuvo sus pasos y así rapidito llevó su mano a la frente etcétera. Parece que luego se dirigió cabizbaja al confesionario, no sabemos; a lo mejor y el arcángel Gabriel allá arriba y ella desde abajo, pero ni cómo confirmarlo. El grito igual; unos dicen que ella, otros que el padrecito, los de por allá que qué grito. Y esta puta mancha de sangre (perdón, diosito) que no quiere salir; lo otro si he de decir la verdad me importa poco.

23.10.06

Puertas numeradas

Mayrita es la odontóloga del colegio de mi hija, mi amante desde hace dos meses y una puta en potencia. No se malentienda por favor, no es que me quiera cobrar cada vez que tiramos. Fue la noche que por primera vez me hizo un striptease, encima de la cama del motel de turno, que me contó su escondida fantasía. Aún nos quedaba casi una hora de las tres reglamentarias en la habitación; estábamos acostados, desnudos, compartiendo los cigarrillos.

«Tú sabes, uno escucha desde temprano la palabra puta, hijueputa y todas esas huevadas, pero recién cuando cumplí los nueve entendí qué mismo es que era una puta. Claro, al principio igual no tenía claro por qué es que les pagaban a esas manes, pero no podía sacarme de la cabeza la palabrita esa. Creo que fue a los doce o trece que una tía que vino de visita me preguntó la típica qué-quieres-ser-cuando-seas-grande, y yo sin pensarlo mucho le solté de una que de grande quería ser puta. Por suerte estábamos solas y ella se portó frescaza, me abrazó y me dijo tontita nomás. ¿Sabes? Ella misma es odontóloga, y a lo mejor por ese lado, no se. Igual, al otro día salí a pasear con ella y su novio, y ella le pidió que nos lleve a un prostíbulo; el man se quedó frío y yo me puse nerviosaza, pero ahí no se qué huevada medio le explicó y él dijo que bueno. Llegamos a uno de esos de mala muerte y el man entró primero; salió al rato y dijo que había hablado con el encargado y que fresco nomás, que sí podíamos entrar nosotras. Así que bueno, entramos y nos sentamos en una mesa, y ahí estaban ellas, paradas en sus respectivas puertas, semidesnudas, ¿me vas a decir ahora que nunca te has ido de putas? Ya, fresco. Mi tía y el novio se pidieron una cerveza y al rato llamaron a una de esas manes, que vino y se sentó al lado mío. Dijo que se llamaba Nicole, aunque de ley era el nombre artístico, no sé. Y para qué, la man se portó frescaza con nosotros, pero igual no quiso el vaso de cerveza que mi tía le ofreció. Nos dijo que tenía 21 años y que era de la costa, y que como la mayoría de sus colegas había sido madre soltera; tenía una nena de dos años, Shirley le había puesto, y que el papá había sido un compañero de ella en el colegio. Claro, el man se barajó ni bien se enteró de que la Nicole estaba embarazada y ella se salió del colegio apenas terminó quinto curso. Al principio la mamá la había acolitado y vivieron ahí las tres. Una amiga es que la había convencido para ir a trabajar en un prostíbulo, claro, en otra ciudad, y que la man se había animado y sólo le dijo a la mamá que había conseguido un trabajo en otro lado y le dejó la nena. De ahí es que un tipo siempre caía por el prostíbulo donde la man trabajaba y cada vez que tiraban el man le dejaba su propinita extra. Se casaron después y el tipo este viajaba con ella a cada nueva ciudad en la que la man iba a trabajar. El rato que estábamos ahí conversando nos dijo que su marido estaba por ahí cerca cachueleando en una mecánica. A la nena la iba a ver una vez al mes en la casa de su mamá. A lo que mi tía le dijo que yo de grande también quería ser puta la man se cagó de la risa, me acarició la cabeza y me dijo que mejor estudie, que esa vida era de a perro. Y ya ves, le hice caso, no se si por conveniencia o por puritito miedo. Pero igual, a cada rato me veo ahí parada en una de esas puertas numeradas, con un traje de baño chiquitito esperando que alguien venga a preguntarme que cuánto cobro. No estoy loca, ¿verdad mi amor? Si hasta he pensado en el nombre artístico: Estela, como mi abuelita.»

Estiró el brazo, alcanzó la botella de agua mineral de encima del velador y tomó un par de tragos. Dejó la botella y me besó de una forma un poco rara. Por un momento sentí que tenía entre mis brazos a la niña de doce años que estuvo metida una tarde en un prostíbulo de mala muerte, y la abracé con fuerza. Luego se paró y caminó hacia el baño; ya no teníamos mucho tiempo y teníamos que pegarnos un duchazo. Se detuvo al llegar a la puerta, dio media vuelta y me sonrió mientras se arrimaba al marco de la puerta. Estaba desnuda. Estaba hermosísima.

16.10.06

Pornópera

El alcalde sonríe nervioso en su palco. No termina de entender cómo fue que se dejó convencer para involucrar al municipio en la promoción y apoyo de este esperpento, porque ¿de qué otra manera se podría llamar a un estúpido híbrido de ópera y pornografía? Su esposa sonríe a su lado, pero su sonrisa es honesta; de hecho fue ella quien puso en contacto a su bienamado con los productores de la obra. El telón aún no sube y la gente aplaude en un intento de acelerar el comienzo. Público de lo más variado nos acompaña esta noche, desde las habituales sonrisas de las páginas sociales hasta los aspirantes a artistas que pululan por los bares "alternativos" de la ciudad. El alcalde, en su inquietud, mira el reloj más de cinco veces por minuto.

El telón se levanta dieciocho minutos después de la hora fijada en el programa. Un escenario sencillo: el decorado de una habitación, cama, ropero, tres sillas, velador con lámpara y libro de cabecera (una edición de Justine en japonés, pero esto el público no lo puede apreciar), y una alfombra cuadrada con los colores de la bandera del país en el centro. Una pareja de actores-cantantes en el escenario: el actor, bajo barítono, bordea los cuarenta años; la actriz, soprano lírica, menor de treinta. Al levantarse el telón ella está sentada en el costado derecho de la cama, llorando quedito, mientras a sus espaldas el actor nos empieza a explicar con su vozarrón su peculiar situación.

El guionista está en su respectivo palco, repartiendo su atención entre la puesta en escena y el palco del señor alcalde. Le divierte ver la incomodidad del burgomaestre y fantasea al observar la serena sonrisa de la hermosa dama que brilla a su lado. Por un capricho que ni él mismo se pudo explicar convincentemente no asistió a ninguno de los ensayos previos al estreno; tan sólo se entrevistaba una o dos veces por semana con el director escénico para discutir las modificaciones de los diálogos y los detalles de la musicalización. En realidad el guionista no sabía nada de ópera aparte de la que veía de niño en los dibujos animados de Bugs Bunny y compañía. Fue en una visita a la capital que pudo asistir a la presentación gratuita de una opereta en un parque céntrico, iniciativa de uno de los más grandes teatros del país para acercar un espectáculo tildado de elitista a la gente poco familiarizada con tales puestas escénicas.

Por aquel entonces rondaba por la cabeza del guionista la idea para un cortometraje: la historia de un tipo que no podía hacer el amor a menos que esté escuchando, a todo volumen, el himno nacional. Mientras estaba parado en medio de aquel parque, oyendo las modulaciones de voz de uno de los cantantes, se le ocurrió medio en broma medio en serio presentar aquella historia en formato de ópera porno, o "Pornópera", título vendedor como decían por ahí. Y aunque no le fue tan fácil contactar a la gente adecuada para la correspondiente adaptación del guión –que, por cierto, escribió en menos de una semana-, ahí estaba ahora, en su palco, noche de estreno, todas las entradas vendidas, algunos espacios vacíos de las personas que no pudieron aguantar más, pequeño teatro de su pequeña ciudad natal, el municipio apoyando al talento local, el alcalde en su palco queriendo ladrar de rabia, tercer y último acto, ambos actores desnudos luego de haber estado discutiendo en los dos actos precedentes, fornicando en la cama sobre el escenario, encima de las cobijas como dios manda, mientras la Orquesta Sinfónica hace retumbar al teatro entonando las sagradas notas del himno nacional. Desde su palco el guionista pudo contar a veintitrés patriotas, nueve mujeres y catorce hombres, ponerse de pie, la mano derecha en el pecho, y entonar con fervor la letra del himno.

9.10.06

Cajón

Cerró el cajón de inmediato y se quedó ahí sentado en el borde de la cama, con la respiración agitada y las manos temblorosas.

Fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoms, fermndoooo...

No era una voz precisamente; el sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, no lo había escuchado nunca antes, y mientras más se esforzaba en compararlo con algo inteligible más crecía la confusión, y la erección, porque en los pocos segundos que el cajón permaneció abierto sintió que una considerable cantidad de sangre fluyó hacia su pene, y dolía. El sonido, o ruido, o voz, pero no era una voz, cesó cuando cerró el cajón.

En el velador hay tres cajones, y el que nos interesa ahora es el segundo. En dicho cajón tenemos: un espejo, una piedra comprada en una tienda de chinos que se supone venir del que fue el muro de Berlín, un diccionario inglés-español y no viceversa, un destornillador, tres encendedores de los cuales sólo uno vale, un muñeco de Buzz Lightyear de una cajita feliz, una foto de una vagina depilada y un esfero rojo.

Mientras la erección iba disminuyendo estuvo tentado de abrir los otros dos cajones, no por buscar algo en ellos, pero tuvo miedo. ¿Estaré soñando? Pregunta estúpida donde las haya. ¿Y ahora? A lavarse la cara, ¿qué más puedo hacer? Estaba abriendo la puerta del baño cuando sonó el timbre, y no pudo reprimir el grito leve y la taquicardia desbocada.

En la puerta encontró a una señora algo mayor, con una larga falda negra y una blusa marrón, sin canas. Vendedora de cosméticos. Quiso contarle todo, hacerla su confidente, pero no halló las palabras. Pensará que estoy loco, seguro. Le compró una crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga, y de repente empezó a imaginar que la respuesta estaba en ese tarrito, que lo abriría y no encontraría crema para las manos, sino otra cosa, cualquier otra cosa. La señora sonreía, apacible, casi hermosa, casi.

Cerró la puerta, la mano derecha se negaba a soltar el pomo, la mano izquierda apretaba el tarrito de la crema con más fuerza que la necesaria. Quiso abrir la puerta, seguir a la señora, ayudarle a cargar la bolsa de cosméticos, cualquier cosa, no volver a entrar a la habitación, a la habitación, al cajón, el cajón, ese cajón que una vez más tenía al frente suyo. Nuevamente estaba sentado en el borde de la cama, pero ahora su mano izquierda sostenía un tarrito, chiquito, de crema para las manos, baratísima, una verdadera ganga.

Respiró profundo, abrió el cajón, agarró el esfero rojo y movió un poco el muñeco de Buzz Lightyear para hacerle espacio al tarrito de crema para las manos. Ni siquiera abrió el tarrito, ¿para qué lo compré si no necesito crema para mis manos? Cerró el cajón, casi feliz, sin ruidos extraños ni erecciones dolorosas, y con el esfero rojo en su mano derecha. ¿Y para qué era que quería el esfero? Le faltaba el diccionario, necesitaba traducir una palabra. Abrió nuevamente el cajón y fermndoms, fermndoms, f.

2.10.06

Fotografía

La foto llegó a manos de Flora once meses después de haber sido tomada, y de alguna manera que no se pudo explicar transformó el dolor que llevaba dentro en otra cosa más flexible y apacible. Fue Maximiliana quien vio la foto en una repisita fuera de un estudio fotográfico del centro, pagó por ella y se la llevó a su amiga. En la foto Flora está sentada en un banquito, la pierna izquierda encima de la otra, las manos cruzadas sobre su regazo, la espalda erguida y una hermosa sonrisa en sus labios; parado detrás de ella sonríe Agustito, su hijo. Ahora la foto se exhibe en la mesita de adornos que está a la derecha del sofá en el que Agustito se pegó un tiro en la sien, justo el día después de haberse tomado la foto.

Mientras la señora Vélez salía de casa de Flora luego de una visita de lunes iba pensando en la foto, en la alegría del hijo perdido que apoyaba sus manos en los hombros de su madre, en lo bien que se lo veía a Agustito, casi un año ya, pobrecita Flora, pero ya no tan triste como hace sólo unos día, qué raro.

Mientras la señora Bastidas salía de casa de Flora luego de una visita de miércoles iba pensando en la foto, en la ternura del hijo perdido que abrazaba a su madre por la espalda, aunque la señora Bastidas recordaba a Agustito un poco más joven y sin barba por aquellos días que antecedieron al “accidente”, qué raro.

Mientras la señora Obando salía de casa de Flora luego de una visita de viernes iba pensando en la foto, en la desfachatez de Flora de poner en la sala un retrato de ella con un hombre mayor muy parecido al pobre de Agustito, y si como eso fuera poco en la foto el tipo ponía descaradamente sus manos sobre los senos de Flora, y tan decente que se la veía, qué raro.

Pocos días después, para la misa de primer aniversario por la muerte de su hijo, Flora mandó a hacer una ampliación de la foto para colocarla junto al altar y que todos los asistentes pudieran verlo a su querido Agustito, tan lindo él con su corbata de lacito detrás de su madre, juntos para siempre, amén.

25.9.06

Publicidad apática # 21

EL ANTES

Este jueves 21, a las 21h00 (hora de Ecuador), un especial de música de películas: Grand Cafe, en Radio04. Está bien que vaya sin tilde. Gracias por la atención prestada.

EL DESPUÉS

El programa se grabó. El programa salió al aire. El programa está colgado en la web hasta el fin de los tiempos, o algo por el estilo. Es cierto que hay unas partes que no se entiende bien qué mismo es que se habla, así que a continuación se enumera la lista de canciones aparecidas indicando la Película donde sale, el Director de la misma, el nombre de la Canción y su respectivo Intérprete (o compositor, en un par de casos). Si alguien quiere alguna de las canciones simplemente deje su mail que se la haremos llegar.


Aquí se podrá encontrar el programa íntegro dividido en cuatro partes:


Primera parte


Cortinas


P: Apocalypse now

D: Francis Ford Coppola

C: La cabalgata de las valquirias

I: Wagner


P: Stealing beauty

D: Bernardo Bertolucci

C: Glory box

I: Portishead


Lista


P: Fight club

D: David Fincher

C: Where is my mind?

I: Pixies


P: The Rocky Horror picture show

D: Jim Sharman

C: Sweet transvestite

I: Tim Curry


P: Reservoir dogs

D: Quentin Tarantino

C: Little green bag

I: The George Baker selection


P: La stanza del figlio

D: Nanni Moretti

C: By this river

I: Brian Eno


Segunda parte


Cortinas


P: A clockwork orange

D: Stanley Kubrick

C: Singing in the rain

I: Gene Kelly


P: Being John Malkovich

D: Spike Jonze

C: Amphibian

I: Björk


Lista


P: Amores perros

D: Alejandro González Iñárritu

C: Lucha de gigantes

I: Nacha Pop


P: Airbag

D: Juanma Bajo Ulloa

C: Soy rebelde

I: Albert Pla


P: School of rock

D: Richard Linklater

C: Immigrant song

I: Led Zeppelin


P: Blue velvet

D: David Lynch

C: In dreams

I: Roy Orbison


Tercera parte


Cortinas


P: The exorcist

D: William Friedkin

C: Tubular bells

I: Mike Oldfield


P: Chicken little

D: Mark Dindal

C: It’s the end of the world as we know it

I: R. E. M.


Lista


P: Trainspotting

D: Danny Boyle

C: Sing

I: Blur


P: Son frère

D: Patrice Chéreau

C: Sleep

I: Marianne Faithful


P: Pulp fiction

D: Quentin Tarantino

C: Girl, you’ll be a woman soon

I: Urge overkill


P: Adaptation

D: Spike Jonze

C: Happy together

I: The Turtles


Cuarta parte


Cortinas


P: Chicken little

D: Mark Dindal

C: It’s the end of the world as we know it

I: R. E. M.


P: The Doors

D: Oliver Stone

C: O fortuna

I: Carl Orff


P: Apocalypse now

D: Francis Ford Coppola

C: The end

I: The Doors


Lista


P: Magnolia

D: Paul Thomas Anderson

C: Save me

I: Aimee Mann


P: The dreamers

D: Bernardo Bertolucci

C: Hey Joe

I: Michael Pitt


P: Romeo + Juliet

D: Baz Luhrmann

C: Exit music (for a film)

I: Radiohead

Y, como última recomendación (ya que nos embalamos con esto de los links), en esta página encontrarán versiones de Fight club, The exorcist, Pulp fiction, Reservoir dogs y The Rocky Horror picture show (entre otras películas no incluídas en el especial este de bandas sonoras) actuadas por conejos en treinta segundos. Disfrutad.

18.9.06

Inmortal

Llegan y buscan una mesa lo más alejada de la ventana; él mueve la silla y ella agradece mentalmente el detallito. Ninguno de los dos intuye que el otro no tiene hambre, pero ahí están ahora, sentados en un restaurante haciendo sus respectivos pedidos. El mesero se llama Billy, pero eso no importa en realidad.

Ella hace dibujitos en una servilleta con la punta del cuchillo, dibujos que apenas se adivinan, casi invisibles. Al fin se ha decidido a dejar la casa de su padre y su nerviosismo es más notorio que los dibujitos de la servilleta. Se lo queda mirando y cree adivinar cariño y apoyo frente a ella, aunque su semblante se muestre un poco más serio de lo usual.

Lo único que pudo sacar de casa fue tres pantalones, dos faldas, unas siete blusas y la ropa interior que pudo abarcar en un puñado a dos manos; todo esto metido en la maleta que fue de su madre y que fue justamente la que se utilizó para llevarla en su último viaje al hospital, hace tres años ya. Ahora la maleta descansa, húmeda, en el maletero del carro de él.

Su cabello también está húmedo. Tuvo que esperar a que él llegara al punto de encuentro por más de quince minutos, parada bajo la ligera garúa que se desgranaba sobre su –ahora- antiguo barrio. Mientras corría creyó que su padre saldría a perseguirla, pero no; el viejo llegó solamente hasta el umbral de la puerta principal, con un periódico en la mano y sendos mocos que le llegaban hasta la boca por el llanto.

Todo pasó muy rápido, planificado apenas en una conversación telefónica que no sobrepasó los cinco minutos. La idea era algo antigua, pero al parecer ninguno de los dos se la había tomado del todo en serio. Ahora, mientras esperaban sus respectivos platos, no tenían ni idea de donde pasar la noche. ¿En la casa de él? Ni pensarlo.

En la sexta cucharada que el tipo se lleva de sopa a la boca, se le clava una espina en la encía, y suelta el consabido «putamadre» mirándola ahí al frente, a los ojos. Ella, toda confundida como está, se asusta, y se convence de que el insulto le fue dedicado sin saber por qué. Él ni cuenta se da de lo que está pasando por la cabeza de su noviecita, y se la queda viendo fijo, algo turbado, cabreado por la espina.

Cosa más bien rara: no hay música. El mesero estaba arrimado a la barra cunado vio que la señorita se levantaba, toda llanto, y corría hacia la puerta de salida. Estuvo tentado de salir persiguiéndola, cuando sus ojos se cruzaron con la mirada ida, alelada del tipo que se quedó sentado en la mesa, frente a dos platos de sopa casi llenos. No entendió nada, lo cual no era extraño en realidad, y se quedó donde estaba.

Una vez afuera se sentó en la vereda; no tenía fuerzas para nada, menos que todo para seguir corriendo, huyendo. Hipaba. En eso vio una rata caminando por el filo de la acera; una rata con una cola bien cortita, como si algo o alguien se la hubiese cortado. La rata iba lenta, sin cojear, sin apuro, olisqueando los papeles acumulados en la calle, junto a la acera. En su cabeza (no en la del animalito) anidó la idea de que aquella rata era inmortal, y que el camino que ha recorrido para pasar por ahí, a su lado, ha sido infinito.

Si ella ha huido corriendo, él no tiene la mínima idea de dónde ir a buscarla; pero ella no ha huido corriendo. Él sale luego de cancelar la cuenta y la encuentra arrimada al carro, con los ojos irritados por el llanto, pero con una hermosísima sonrisa en sus labios. No sabe qué decir, no sabe qué mismo es que está sintiendo en ese rato, pero sabe que tiene unas ganas inmensas de abrazarla. Mientras camina hacia ella ve una rata muerta encima del maletero.

11.9.06

Cielo raso

Despiertas, y miras el cielo raso, y hay algo que no cuadra, aunque la habitación haya permanecido incólume durante la noche; tienes miedo de mirar a otro lado que no sea el cielo raso, y sabes que es estúpido tener miedo, pero saberlo no te aliviana; tampoco puedes cerrar los ojos nuevamente y pretender que no pasa nada, porque algo te lo impide, y te ríes de ti mismo, y esa risa es falsa, escuálida, ilusiva, y es recién entonces que te das cuenta que no te levantarás de la cama sin antes haber derramado mínimo un par de lágrimas.

4.9.06

Panes

La mamá de Pepito le pide que vaya a la panadería y compre cinco panes de dulce y dos de sal, así que el niño se mete el dinero en el bolsillo y sale rumbo a la panadería. Mientras cruza el parque ve una multitud rodeando a un viejito que, sin gritar, se deja escuchar por todos, y esto es lo que dice:

«Todas las corrientes filosóficas, desde aquellas perfectamente etiquetadas hasta las mescolanzas que cada uno toma como filosofía personal, son los tablones de un barco, simbólico como el arca de Noe y de dimensiones pantagruélicas, que nunca zarpa y que ha estado amarrado al puerto desde que el primer hombre tuvo esa cosa que llamamos conciencia.

»Todos nosotros, de manera consciente o inconsciente, hemos ayudado a construir este barco, ya sea con tablones, o con clavos, pintura, claraboyas, adornitos por aquí y por allá. Claro, cada cierto tiempo viene alguien y destruye algunos tablones para reemplazarlos por otros; eso no importa mucho, porque el barco a lo mucho se mece, pero no se desplaza a ningún lado.

»Las amarras de este inmenso barco estacionario están enmohecidas, y aunque son fuertes llegará el día en que se rompan lo queramos o no. Ustedes pueden esperar hasta que las amarras se rompan solas, o hasta que aparezca aquel con la fuerza suficiente para desatar y pilotear el barco, pero yo les recomiendo que agarren su tablón y se larguen nadando. No les aseguro que volverán a pisar tierra firme, pero en verdad os digo...»

En este momento dos hombres y una mujer vestidos con sendas túnicas blancas se abren paso entre la multitud, amordazan al viejito, ponen una venda sobre sus ojos, amarran sus manos por la espalda y se lo llevan en una vieja carroza tirada por dos caballos. Nadie reclama. Pepito termina de cruzar el parque, entra a la panadería y pide a la dependienta cinco panes de sal y dos de dulce. Al regresar a casa su madre se da cuenta del error del niño y lo manda a la cama sin merendar para que aprenda a no ser tan despistado.

28.8.06

Sala de estar

No transcurre mucho tiempo desde que el timbre sonó hasta que la puerta se abre para desvelar en el marco de la misma a la robusta sirvienta del señor que, educadamente, le pide que pase y tome asiento en la sala de estar, el señor no tardará en bajar.

De un vistazo se da cuenta que en la sala hay cuatro sofás: el grande con capacidad para tres personas, el mediano para dos y dos pequeños. Elige sentarse en el mediano y asienta la carpeta que lleva en sus manos en el espacio que queda libre a su izquierda.

La sirvienta se retira, y al instante empieza a escuchar una suave música instrumental, algo así como una mezcla entre Kenny G, Richard Clayderman y Yanni; por un momento creyó estar en la sala de espera del consultorio del dentista, y un escalofrío recorrió su espalda.

Los minutos pasan y el señor no baja. Coge la carpeta, la abre, pasa sus ojos por encima de los papeles, cierra la carpeta y la vuelve a asentar. La musiquita sigue sonando y en un solo de piano empieza a sentir ganas de orinar, pero no tiene ni idea de cuál de todas las puertas a la vista es la del baño.

En un momento aparece saltando una pequeña niña, que él al ojo le pone unos ocho años. Está descalza y sus dos trencitas suben y bajan al vaivén de sus saltos. Cuando la niña se da cuenta de su presencia deja de saltar, le sonríe, va corriendo a darle un beso en la mejilla y se sienta a su lado, encima de la carpeta.

La niña se llama Pilar; se lo ha dicho mientras se levantaba del sofá, colocaba la carpeta en la mesita de centro y se volvía a sentar a su lado. Él le pregunta si es que es hija del señor, y Pilar se ríe. ¿Es que no lo sabe? El señor no tiene hijos; es más, detesta a los niños. Ella es una excepción.

Sigue con ganas de orinar, pero le da vergüenza preguntarle a Pilar cuál es la puerta del baño, no sabe bien por qué. Intenta iniciar una conversación, pero no se le ocurre ningún tema que le pueda interesar a él y a la niña, y finalmente se decide a contarle un chiste que Pilar no encuentra gracioso.

El hombre empieza a impacientarse, claro, y le pregunta a la niña si el señor tardará mucho en bajar; ella se encoge de hombros, se levanta, coge la carpeta y se va a sentar con ella en el sofá mayor. Él la mira y quisiera decirle que no abra la carpeta, que no le gustará lo que hay en ella, pero no le dice nada y se queda ahí sentado con sus ganas de orinar y con la musiquita de mierda en sus oídos. Pilar abre la carpeta y se toma su tiempo en pasar las hojas una por una; al llegar a la última cierra la carpeta, le dedica la mejor de sus sonrisas y se levanta para ir a entregarle la carpeta al señor, de acuerdo a sus propias palabras. El hombre sentado en el sofá mediano se queda algo perplejo, pero no presenta objeción alguna, y mientras ve a la niña subir las escaleras con la carpeta moviéndose al compás de sus trencitas se da cuenta de que el señor no va a bajar y que, en verdad, detesta a los niños.

21.8.06

Declaración

-Y... ¿qué has hecho en todo este tiempo que no nos hemos visto?

*Me imagino que eso no era esa-cosa-tan-importante que tenías que decirme.

-No me apures, no es tan fácil soltarlo así nomás.

*Bueno, me voy. Tienes mi número; me llamas cuan...

-Me gustas... mucho.

*...

-...

*Déjate de huevadas cabrón, ¿y desde cuándo le haces a la mariconada?

-¿Cómo así?

*Mariconada pues, si me acabas de decir que te gusto.

-¿A qué estás jugando ahora?

*No te hagas el loco, pendejo.

-Me gustas. Tú me gustas... ¿Desde cuándo se le dice maricón a un hombre que le gusta una mujer?

*Ah, ahora según tú soy una mujer, mira qué interesante.

-Putamadre, tan sólo dime que no te gusto o cualquier cosa por el estilo, pero no me salgas con estas huevadas.

*Nooo, ¿vas a llorar? ¿Y en público?

-¡Cállate!, perra.

*Y dale; me empiezas a preocupar loco, en serio. Pero ya que estamos, ¿por qué insinúas que yo tendría que ser el pasivo? Digo, si es tu fantasía hacerle a la mariconada por lo menos ten la delicadeza de ofrecer tu culo en sacrificio, porque al mío no le apetece nadita que lo desvirguen.

-Y esas tetas, ¿eh? ¿Qué me dices de esas tetas que te cuelgan tan graciosamente? ¿Me vas a salir con que me estoy imaginando un par de tetas abultándose bajo tu blusa?

*No es blusa, gil; camisa se llama. Y si quieres me la abro para que veas por ti mismo los vellos que de hecho son abundantes... jmmm, pero mejor no; de ley que eso te termina de arrechar, ¿sí o no mi amor?

-Pero qué bien hijadeputa que me saliste; y yo como gil pensando lo mejor de ti todos estos meses, y enamorándome de ti de a poquito, y no sólo por lo bonita que eres, ¿entiendes perra? Me enamoré de ti, de toda la mentira que construiste como coraza... mierda, si hasta me haces sonar como Corín Tellado, no jodas, para que ahora me salgas con ¿esto?

*Ya, fresco; cague de risa tu declaración, deberíamos salir más seguido. Avisarás cuando te consigas un machucante. ¡Joven! La cuenta por favor.

-...

*Deja nomás, ya pago yo, para que veas lo caballeroso que soy.

-Hijita de Caín.

*Me llamas... adiós.

Tres días después “*” tuvo un accidente: un automóvil rojo que iba a más de ochenta kilómetros por hora le impactó de lleno; murió al instante. Sus restos fueron cremados en concordancia con sus deseos. Según el parte policial la conductora del automóvil rojo iba escuchando reguetón el momento del accidente. “-”, al enterarse de este detalle, escribió un ensayo titulado «El reguetón, la parca y el significado de la vida: una anti-metáfora». Dicho ensayo hasta el momento ha sido traducido a siete idiomas, se ha convertido en best-seller en Portugal y Somalia, e incluso se rumora que un alto magistrado canadiense aprendió español para poder leer el ensayo en su idioma original.

7.8.06

La paloma y la trompeta

El día del concierto Silvia se despertó antes de que la alarma empezara a sonar, pero no se levantó; permaneció acostada, bostezando, abriendo y cerrando los ojos por intervalos, en silencio. El calor de la mañana empezó a colarse en la habitación y antes de limpiarse las lagañas con el índice derecho como todas las mañanas se quitó el camisón sin salir de debajo de la sábana para luego hacerlo rollito y tratar de encestarlo en el tacho de ropa sucia: si acertaba se masturbaría antes de levantarse y meterse en la ducha. No acertó y tan sólo masajeó su clítoris unos segundos mientras se relajaba debajo del chorro de agua.

En el boleto decía que el concierto empezaría a las 8 y Joaquín le había dicho que pasaría a recogerla a las 8 y media después de salir de la oficina y pasar por su casa cambiándose de ropa. Era su segunda semana de vacaciones y Silvia no tenía nada planeado para aquella mañana y tarde. Luego de tomar un largo vaso de café no muy caliente puso el último disco de Placebo y se sentó frente al lienzo que había empezado a manchar de colores el día anterior. Su intención era pintar a una mujer desnuda crucificada, con corona de espinas y reemplazando el cartelito del INRI con el icono del baño de mujeres. Le tomó lo que quedaba de la mañana y las dos primeras horas de la tarde para dejar los travesaños de la cruz a su gusto, de un color púrpura oscuro con pintas amarillas.

Luego de lavarse decidió ir por una hamburguesa, una royale with cheese (siempre las pedía así desde que vio Pulp fiction, pero hasta ahora sólo una cajera le había entendido devolviéndole una sonrisa cómplice; al resto les tenía que aclarar que quería una cuarto de libra con queso), pero al abrir la puerta se encontró con una paloma muerta sobre el tapete que rezaba “Welcome”, y se le quitó el hambre. Sin pensarlo mucho tomó a la palomita con la mano izquierda, usando la derecha para sostenerle suavemente la cabeza, y la colocó encima de su cama. La revisó con cuidado y no encontró heridas. No entendía por qué hallar a un pájaro muerto la conmocionó tanto, si nunca en su vida había sido adepta a las mascotas en particular ni a los animales en general. Intentó hacer en su cabeza un comentario mordaz sobre una paloma-muerta, el doble sentido y todo eso, pero no le halló gracia, y, lo que fue peor, la hizo llorar. Se abofeteó a sí misma tratándose de estúpida en voz alta, pero no solucionó nada; los mocos aparecieron como en cualquier llanto decente. Entró al baño, se lavó la cara y se quedó casi dos minutos enteros mirándose al espejo, respirando despacio, esperando que disminuya la humedad de sus ojos.

Volvió y se arrodilló a un lado de la cama. La paloma tenía los párpados cerrados, y Silvia empezó a comparar mentalmente sus propios ojos con los de la paloma, pero no le resultó fácil. Había visto cientos de palomas a lo largo de su vida, pero nunca con atención, y cuando habían estado cerca de ella nunca se le había ocurrido mirar sus ojos. Ahora quería ver sus ojos, esas pupilas que de seguro carecerían de todo que pudiera parecerse al brillo, pero algo le impedía estirar la mano y separar aquellos inertes párpados con los dedos; estaba arrodillada, con sus glúteos rozando sus talones, el mentón apoyado en su mano izquierda, ambos codos en el colchón y su antebrazo derecho en un paralelismo casi perfecto con respecto al cuerpo de la paloma, pero no se decidía a ejecutar movimiento alguno. Perdió el sentido del tiempo, su mente divagaba libremente e incluso iba recuperando recuerdos que no había desempolvado en años. Cuando se levantó la iluminación en el cuarto era tenue y el dolor en sus rodillas intenso.

A las 8 y doce Joaquín timbró en casa de Silvia, y se extrañó de no encontrar el tapete de “Welcome” en su lugar habitual. Le llamó más aún la atención ver a una Silvia radiante abriéndole la puerta, con un vestido negro largo que consideró demasiado formal como para ir al concierto pero sin poder negar ni por un momento que le quedaba hermosísimo. Fue recién cuando esperaban el taxi que se percató en dos plumas grises que Silvia había utilizado en el arreglo de su cabello; esas plumas le parecieron una especie de mensaje que no terminaba de comprender y que trató de descifrar durante todo el trayecto sin mucho éxito, y sin saber muy bien por qué recordó la trompeta oxidada que encontró en su patio una semana antes de la que nunca había mencionado ni una sola palabra a Silvia. Un escalofrío recorrió su espalda, y finalmente se decidió: al día siguiente se separaría definitivamente de su esposa.

«La paloma aletea sobre el patio de la casa, alejada de la bandada, cansada y sin hambre. Va tarareando una canción que no tiene título cuando ve la trompeta semienterrada junto al arbusto. Desciende y empieza a picotearla al ritmo de la melodía de su cabeza y la trompeta no se molesta; es más, se enamora del pico que la lastima y de los rojos ojos que la miran con algo que se parece a la lujuria. Nadie las ve, nadie las oye, nadie las huele, y no importa: ellas se entienden, y entienden, y no necesitan compartirlo con nadie. La paloma empieza por meter su cabeza en el hueco mayor de la trompeta, y le gusta lo que ve, y poco a poco el resto de su cuerpo va terminando de hundirse hasta que la última pluma gris desaparece. La trompeta brilla silenciosa bajo el sol.»

24.7.06

Jauría de perros drogadictos

Una noche, en la duermevela que antecede al reparador sueño nocturno, empecé a vislumbrar a una jauría de perros de esos que utiliza la policía para detectar droga en sus operativos encerrados en algo parecido a un corral ladrándose entre ellos y moviendo la cola, y se me antojó escribir una historia con ellos; así que antes de perder irreversiblemente la idea encendí la lámpara y anoté “jauría de perros drogadictos” en la parte superior de una página del Desesperación de Nabokov que estaba leyendo en aquel entonces. Después de volver a apagar la lámpara me agarró el insomnio y no pude conciliar el sueño sino hasta más de dos horas después.

Este libro de Nabokov, Desesperación, es divertidísimo; si lo lees escuchando a Connnie Francis de fondo musical te cagas de risa. ¿Que si Nabokov escuchó a la Francis en algún punto de su vida? Ni idea, pero es una mezcla factible; es más, me puedo imaginar al escritor ruso haciendo cola en un aeropuerto newyorquino detrás de Connie Francis sin reconocerla, pensando en su hijo, con un maletín en la mano y un perro (aunque debería ser perra, y debería ser jovensísima) del escuadrón antidrogas olfateándolo pero sin llegar a ladrarle.

Fue recién tres días después que me senté frente a la computadora para intentar escribir la historia de los perros, aunque no tenía ni puta idea de qué mismo escribir. En realidad cuando escribo una historia, esta por lo general empieza de una idea vaga que va pariendo casi por sí sola el resto del relato: confesiones de un pseudo escritor. La frase anotada la noche del insomnio la encontré en la página 175 del libro, y en dicha página me encontré con este párrafo que había subrayado con anterioridad: «Todo remordimiento por mi parte queda absolutamente descartado: los artistas no sienten remordimientos, ni siquiera cuando su obra resulta incomprendida, rechazada». La voz de Nabokov que me llegaba a través de Hermann, el protagonista del libro, fue como una palmada en el hombro; aunque claro, yo no soy un artista, sólo un pseudo escritor.

Lo primero que se me ocurrió fue hacer hablar a los perros, pero con la intención de mantenerme alejado del formato clásico de las fábulas, que para eso Monterroso ya escribió un libro genial. A mitad del primer diálogo entre Rambo, el jefe de los canes, y Lolita (tenía que haber un homenaje, eso era inevitable), la perra más joven del escuadrón, me llamó Martín, uno de mis mejores amigos, para contarme que su primogénito había nacido ya; tuve que apagar la computadora y volar a la clínica. Al llegar me enteré que en realidad era primogénita, y al rato me di cuenta que el papá de mi pana miraba de la manera más descarada el descubierto seno izquierdo de Claudia mientras esta daba de lactar a la nena; no se si Martín no se daba cuenta o solamente disimulaba.

Recuerdo que Martín una vez, plutos, me contó que su viejo le sacaba la puta desde que era pelado, pero todo tapiñado: a los ojos de los demás era un padre ejemplar que no hacía otra cosa que consentir a sus hijos. Sobrios nunca volvió a mencionar el tema, pero no era necesario; su rencor hacia su viejo era inmortal, y eso ambos lo sabíamos. De repente empecé a imaginarme a Rambo entrando a la habitación de la clínica y arrancándole de una mordida los huevos al padre de Martín, para luego lamer dócilmente la mano de Claudia; se lo dije a Martín en cuanto su padre abandonó la habitación, pero no entendió quién chucha era Rambo.

De vuelta a la computadora releí el diálogo que quedó incompleto; no me gustó el camino que estaba tomando y lo borré. Mientras pensaba en cómo retomar el asunto abrí una botella de cerveza y me volví a sentar frente a la página vacía (Microsoft Word marca registrada etcétera). Nada. Los perros hijueputas sólo estaban ahí metidos en su corral, mirándome fijamente y moviendo la cola; ni ladraban los desgraciados. Para que no digan que leyeron esto en vano aquí va un resumen de cómo pudo haber quedado la historia si la hubiese podido escribir:

Hay doce perros en el escuadrón canino antidrogas de una ciudad cualquiera de Sudamérica, cinco machos y siete hembras; Lolita es la más joven de las perras y todos los machos quieren fornicar con ella; el único que se la tira es Rambo aprovechando un descuido del oficial encargado de los perros. Este está llorando mientras escucha una canción de Connie Francis (que bien pudo haber sido I’m sorry I made you cry, muy oportuna) en una vieja radio; no entiende la letra, pero igual llora. Se supone que Rambo como todo buen perro antidrogas tendría que haber sido castrado en la fase previa a su entrenamiento (no tengo ni idea en realidad de si a esos perros los castran o no, pero no importa), pero él era bífalo (o sea que tenía dos huevos) y la deja preñada a Lolita. La perra tiene cinco cachorros y todos tienen nombres rusos; uno de ellos, Dmitri, nace bífalo, pero lo atropellan en una carretera antes de que pueda perder la virginidad. Lolita, en su tristeza materna, acepta una misión kamikaze. Colorín colorado.

10.7.06

Niñero

¿Cambiarían nuevamente de escondite a las películas pornográficas? Ricardo tendría que esperar hasta que sus tíos se hayan ido para averiguarlo. Era la quinta vez que lo llamaban para que cuide a Mateo. Juan Carlos y Mónica tenían esa noche el matrimonio de unos amigos de la universidad, y ya habían confiado anteriormente en Ricky para que cuide a su primogénito, por lo que se fueron de lo más tranquilos. Ricardo tiene 12 años y acaba de terminar la escuela, habiendo sido honrado con la segunda escolta del pabellón nacional; Mateo está por cumplir cinco años, y acaba de terminar su curso de pre-básica en la misma escuela de su querido primo. Antes de salir, Mónica le indicó a Ricardo qué tarro de helado estaba ya empezado en la refri para que se sirva a su gusto; y se despidió de él con un beso en la mejilla que Ricardo, para sus adentros, consideró muy cercano a la comisura izquierda de sus labios.

Eran las nueve y siete minutos de la noche. Tan pronto como la puerta se cerró, lo primero que Ricardo hizo fue prender el PlayStation de Juan Carlos para entretener a Mateo en algo; empezaron a jugar FIFA street en modalidad de dos jugadores contra la máquina y cinco minutos después se excusó diciendo que iba a buscar algo de comer y que hasta eso siguiera nomás jugando sólo. Fue directamente a la habitación de sus tíos y buscó los videos en el cajón del escritorio donde Juan Carlos guarda sus papeles del trabajo, que fue donde los encontró la última vez, pero no los halló allí. Del cajón sacó un compás y empezó a picarse levemente el muslo derecho por encima del pantalón, dejando que la punta roce apenas su epidermis; la noche se le antojaba aburrida si no hallaba las películas. Después de un rato guardó el compás y abrió el armario; el olor de la ropa de Mónica le produjo una erección a medias, que se completó al hallar el cajón con la ropa interior de la hermana de su padre. Agarró una tanga amarilla y se encerró en el baño del pasillo a hacerse una paja.

Cuando volvió a la habitación aún escuchaba los gritos de Mateo que les indicaba a sus jugadores no ser tan maricones y que pateen como hombrecitos (indicaciones aprendidas de su padre). Ricardo dobló cuidadosamente la tanga e intentó dejarla en el mismo sitio y en la misma posición en la que la había encontrado. Luego revisó las carteras y no encontró en ellas más que diversos estuches de maquillaje; chequeó los bolsillos grandes de los abrigos: nada. Se le ocurrió revisar los cajones del velador de Mónica y lo más interesante que encontró fue unas hojas fotocopiadas con algunas anotaciones en los márgenes; en la parte superior ponía Crónica del dolor, y había un pasaje subrayado:

Durante las ceremonias para escoger pareja sexual, los jóvenes caminaban en torno al pueblo seguidos por las niñas que se burlaban de ellos. De pronto, cada muchacha atacaba a un determinado varón con una concha afilada o un cuchillo de bambú, inflingiendo dolorosas heridas. Los jóvenes aceptaban la tortura como una abierta invitación erótica; se estimaba que la muchacha más agresiva sería la más apasionada en el lecho y sus agresiones al varón escogido eran vistas como una expresión de aprecio por su belleza masculina. Por ese motivo, los muchachos estaban dispuestos a recibir gustosamente los peores ataques, y luego se les permitía tomar sexualmente a su agresora, un acontecimiento que podía incluso llevarse a cabo en algún lugar público.

Ricardo quedó un poco conmocionado después de leer el papelito, pero terminó riéndose; le era inaudito que haya personas que se lastimen como muestra de afecto. Empezó a imaginarse a Michelle, la compañerita que le gustó los dos últimos años, persiguiéndolo con un cuchillo por todo el patio de la escuela y luego acostándola debajo de la rodadera de pre-básica para juntos perder la virginidad. Mientras divagaba en sus pensamientos fue quedando acostado en el suelo a un costado de la cama, y vio que debajo de esta había una caja de esas que se utilizan para guardar películas. Su alegría iba en aumento. Sacó la caja, la abrió y encontró un DVD con una letra A trazada con marcador sobre la blanca superficie. Salió de la habitación y le dijo a Mateo que ya había jugado bastante y que era hora de ir a la cama; al niño la idea no le gustó en absoluto y siguió jugando como si ni siquiera lo hubiese escuchado. Ricardo estaba feliz, por lo que no puso mayores objeciones y jugó junto a su primito dos partidos más. Luego lo llevó a la cama y le leyó un cuento de Edgar Allan García hasta que Mateo finalmente se quedó dormido. Luego pasó por el baño para coger un pedazo de papel higiénico que utilizaría después para limpiarse el semen, regresó a la sala, desconectó el PlayStation, conectó el reproductor de DVD’s, puso el disco, apagó la luz y se sentó frente al televisor con los dos controles remotos a la mano.

Cuando empezó la película se abrió la bragueta del pantalón y tomó su pene con su mano izquierda; notó que la calidad del video era pésima, pero la mayoría de películas pornográficas que había visto hasta entonces tenían una calidad similar, así que todo estaba bien: la película hallada bajo la cama era precisamente de las que él quería ver, o por lo menos así lo creía hasta que pudo ver la primera cara: la de su abuelita. Su ánimo se volvió a oscurecer; no podía creer que en vez de porno se había encontrado un video familiar antiguo (su abuelita había muerto antes de que él haya cumplido un año). Se estaba abrochando nuevamente el pantalón cuando vio que Camilo, su padre, se acercaba por detrás a la anciana. Reconoció que la escena se desarrollaba en su propia habitación, y que su abuela tenía la mano derecha apoyada en el que antaño fue su moisés, y que de rato en rato lo mecía. Empezaba a preguntarse si él mismo estaría dentro del moisés durante la filmación cuando Mónica entró en escena. Lo que vio después lo dejó sin habla, algo confuso.

Juan Carlos abrió la puerta con prisa y fue corriendo al baño sin darse cuenta de nada; fue Mónica quien encontró a Ricardo sentado en el piso frente al televisor encendido pero con la pantalla totalmente a obscuras, con el pelo despeinado, llorando en silencio, y con un pedazo de papel higiénico a un lado aplastado bajo una caja de esas que se utilizan para guardar películas.

26.6.06

Vela

Domingo está sentado en un banco de la plaza central; en el banco que queda justo al frente de la puerta principal de la iglesia de su pueblo. Cree que tendría que rezar, pero no lo hace; no está seguro de qué oración sería la adecuada dadas las circunstancias. Sostiene una vela en su mano izquierda. Respira profundamente y saca la caja de fósforos del bolsillo derecho de su chompa. Con un ligero temblor en sus manos enciende la vela, se pone de pie y empieza a caminar. La gruta con la imagen de la Virgen de la Merced está más o menos a medio kilómetro de la salida del pueblo. Domingo no ha avanzado siquiera dos cuadras cuando el viento apaga su vela, lo que le obliga a regresar a la plaza, cabizbajo, maldiciendo.

La hija mayor de Domingo, Doménica, está acostada en su cama, ardiendo en fiebre, rodeada de su madre y algunas vecinas rezando, rosario en mano, por su pronta recuperación. Domingo, sentado nuevamente frente al pórtico de la iglesia, con lágrimas en sus ojos, vuelve a encender la vela. Apantallando la llama con su mano derecha, esta vez alcanza a llegar con la vela encendida hasta la última casa del pueblo; pero las lágrimas siguen brotando de sus ojos y una de ellas apaga la vela. Domingo cae de rodillas en medio de la polvorosa callejuela, apretando con fuerza la vela que a estas alturas ya sólo tiene la mitad de su longitud original. A su lado pasa una pareja montada en un caballo negro y Domingo, arrodillado, los queda viendo alelado hasta que desaparecen en la primera curva del camino. Confusamente imagina que su propia felicidad iba trepada en aquel caballo, y que esa era la última vez que la veía.

La luz dominical empieza a languidecer mientras Domingo, por tercera vez, enciende la vela frente a la iglesia de su pueblo. Aquella mañana unas monjitas pasaron visitando la casa de Domingo, enteradas de que una de sus hijas estaba enferma. Una de las religiosas, tomando a Domingo del brazo, le recomendó que hiciera bendecir una vela con el sacerdote del pueblo, la encendiera frente a la iglesia y la llevara sin que se apagase hasta la gruta de la Virgen de la Merced. El tercer viaje fue más lento que los anteriores; Domingo ya no lloraba y sus manos apenas temblaban. No entendía aún cómo es que el demonio llegó a habitar en el interior de su hijita, pero todo eso estaba por terminar al fin: las personas que vendían sus chucherías junto a la gruta estaban ya a la vista. Por desgracia la vela se había consumido demasiado y, a menos de quince metros de la imagen de la Virgen, quemó la mano izquierda de Domingo y cayó, apagada, al suelo.

Domingo despertó aturdido al día siguiente. No podía respirar con facilidad y sentía intenso dolor en todo su cuerpo. Seguía vestido con su mejor traje, su traje de domingo, pero este estaba sucio y roto por todas partes. Vio a Doménica a su lado, triste pero sin el semblante enfermo de los últimos días; había una pequeña botella de jarabe en la mesita junto a la cama, pero a esta no la vio. Domingo no recordaba la paliza que le dieron los peregrinos de la Virgen de la Merced la tarde anterior luego de que haya prendido fuego a la vestimenta de la virginal escultura, pero ya se enteraría.

12.6.06

Danza

Lucía es profesora de primaria; tiene 27 años de edad, 6 años de casada y una nena de 4 años. El jueves 11 de mayo, la escuela donde ella labora organizó un programa especial por conmemorarse su aniversario número 50. Para tal ocasión, Lucía tuvo que armar junto a sus alumnos un periódico mural sobre el tema “Los más grandes literatos del país”, y además le tocó participar en una danza típica. Lucía detesta bailar.

Aquella mañana la alarma la despertó a las 6 y media de la mañana; se levantó sin siquiera regresar a ver si su esposo se despertó también y fue a preparar su desayuno y el de la nena. A las 7 y diez el expreso llevó a su hija al jardín y diez minutos después ella salió de casa, cargando a) en una funda el traje que Mercedes le había prestado el día anterior, y b) en una carpeta notas biográficas de Jorge Enrique Adoum y de Ángel Felicísimo Rojas que había conseguido a última hora.

Mercedes pertenece al grupo de danza universitario Jahua Ñan. Siempre que tenía alguna presentación llamaba a Lucía para invitarla, pero Lucía nunca iba; simplemente el baile no le llamaba la atención. Lucía recuerda que alguna vez Mercedes le explicó que Jahua Ñan significa “camino arriba”, pero olvidó si venía del quechua o de algún otro dialecto. Cuando Mercedes se enteró de que Lucía necesitaba uno de sus trajes para una presentación escolar, eligió prestarle su traje de Zuleta: una pollera negra, una falda roja plisada, la forchalina crema y una de sus mejores blusas tejidas. Al entregárselo le explicó que debería cubrirse ambos hombros con la forchalina para representar a una mujer casada; cubrirse un solo hombro denota soltería.

El baile no les salió muy bien que digamos; los tres días que practicaron con Karen, la profesora de educación física, no dieron los resultados esperados; pero de todas maneras Lucía asumió que no muchos de los padres de familia presentes tendrían conocimientos ¿críticos? sobre las danzas típicas de la región. Su periódico mural no fue muy visitado, y eso la entristeció más que el baile en sí, pero bueno, si a los demás no les interesaba la literatura era el problema de ellos, no suyo. Paulina, la profesora de inglés, que también formó parte de la danza, la convenció de que se fueran a tomar unas cervezas tal y como estaban vestidas. Mientras se encaminaban al bar Lucía se preguntaba que por qué no había opuesto resistencia a la proposición de salir con ese traje tan ridículo, pero no halló ninguna respuesta satisfactoria.

Paulina no era precisamente la mejor amiga que Lucía tenía entre sus colegas, pero le gustaba conversar con ella. Por ratos a Lucía la intimidaba la impúdica manera de decir la verdad de Paulina. Después de hacer un breve recuento de los aciertos y los fracasos de la fiesta de la escuela, Paulina empezó a rememorar, cuando llegó la segunda cerveza, los días previos a su divorcio. Le explicó a Lucía que su ex esposo no era tan malo en realidad, sino que simplemente a ella no le costó más de tres años empezar a hartarse de verlo despertar a su lado por las mañanas. Lucía empezó a cuestionarse acerca de su propio matrimonio: no se sentía infeliz, aunque tampoco exultante; su esposo, desde que dejó de beber, ya no le gritaba, aunque siempre había deseado que se mostrase más cariñoso; eso sí, ambos adoraban a su nena, y ella era feliz, y eso iluminaba interiormente a Lucía. Mientras cavilaba, Lucía perdió el hilo de la conversación, por lo que simplemente asintió cuando escuchó a Paulina decir “antes de que nos arrepintamos”; no sabía a que se refería, pero como vio que su amiga empezaba a levantarse, la imitó.

Al llegar a casa, Lucía vio que su esposo estaba viendo televisión en la sala; este le preguntó que qué tal le había ido, pero como el volumen estaba muy alto y ella estaba muy cansada ni siquiera lo escuchó y pasó directamente a su habitación. Encima de la cama encontró aún restos de papeles recortados, y una biografía de Abdón Ubidia que no se animó a incluir. Se paró frente al espejo y sonrió; se sentía ridícula con ese traje, pero ya no le parecía tan odioso; incluso pensó en comprarse sus propias alpargatas, no sabía muy bien para qué. Se estaba sacando los collares cuando escuchó que se apagaba la televisión. Cuando empezó a desamarrarse la falda plisada (roja) escuchó la voz de su esposo desde el umbral de la puerta de la habitación:

-No te la saques, nunca me he tirado a una india.

-...

-¿Por qué pones esa cara?

-Antes de que nos arrepintamos... claro.


La pequeña Ximena estaba jugando en su habitación. No sabía que su mami ya había llegado a la casa. Mientras peinaba a Lidia, su muñeca favorita, escuchó el llanto de su madre en la habitación de al lado, y poco después un ruido como el del vidrio al romperse. Abrazando a su muñeca, sintió miedo; no sabía muy bien por qué.